MANUEL CAMPA
En 1988 coincidió la inauguración de las boleras de la quinta del Centro Asturiano de Madrid con el setenta cumpleaños del general Sabino. La obra había sido financiada por don Ramón Areces, de suerte que aquella inauguración reunió a dos personalidades señeras nacidas en Asturias. Allí lloró don Ramón Areces, en uno de sus últimos actos públicos, al oír los aplausos de reconocimiento que le dedicaron sus paisanos de Asturias, muchos de ellos gente humilde: casqueros, porteros, taxistas, carboneros y antiguos serenos. El general Sabino señaló en su discurso que le había salido «la hoja roja» al cumplir los 70 años. Afortunadamente, el general vivió veintiún años más en plenitud, incrementando en ellos, si cabe, su intensa vinculación con Asturias.
Entre las múltiples facetas de una personalidad tan rica como la del general Sabino, una de las más notables es su perfil de arquetipo de asturiano ilustrado, como se ha señalado en estos días de su despedida definitiva. Y aunque toda cautela es poca cuando se habla de identidades regionales, hay algunas maneras de ser asturiano que hacen inconfundibles a nuestros paisanos en la emigración. Sorprende, cuando se llega por primera vez a Buenos Aires o México, que las colonias de asturianos resulten tan diferenciadas de otras comunidades españolas, aunque a todos nos llamen «gallegos» en ultramar. Pero además de tener el perfil claro de asturiano ilustrado, Sabino Fernández Campo cumplía con todo rigor la servidumbre de ayudar cuanto podía a los asturianos en la corte, y en esto sucedía a los Barzanallana -«pero si a la aduana vas, mil asturianos verás»- y a don Antonio González, que había convertido a los de Belmonte en la guardia suiza de los coches cama de Renfe. Y en esto el general Sabino no hacía distinciones: ayudaba lo mismo a un político en sus gestiones en la corte que a un sereno de Cangas del Narcea que quería mejorar de plaza. Siempre a cambio de nada. Para las gestiones sencillas, los asturianos más humildes recurrían a las dos secretarias mejores del mundo que tenía don Sabino.
Cada primavera, en los años ochenta, yo iba con Mendo -a quien también echamos tanto de menos- a la batalla de la TVE a Madrid. Se trataba de conseguir, cada año, que TVE televisara la Vuelta a Asturias, además del Descenso del Sella, como solicitaban Dionisio de la Huerta y Emilio Llamedo.
Además de los trámites políticos ordinarios, nosotros hacíamos el «recorrido asturiano», entrevistándonos con Valentín Álvarez y con Estévez, miembros del consejo de TVE y, naturalmente, con Sabino Fernández Campo. Es decir, nosotros manteníamos la vieja costumbre de recurrir a nuestros paisanos de Madrid, como en los tiempos de Posada Herrera o Pidal y Mon. Casi siempre, las gestiones del general nos sacaban de todos los apuros. Nuestro fracaso más sonado fue con Pilar Miró, que nos dejó con la palabra en la boca, por pesados, anécdota que Mendo tantas veces contó. A la vuelta de cada batalla de Madrid, a Mendo y a mí nos esperaba para examinarnos «duramente» López Tamargo en la TVE en Asturias.
En resumen, el general Sabino, con su personalidad conciliadora, sentimental y llena de ironía, encarnó uno de los arquetipos del asturiano de la emigración. Además, como tantos asturianos eminentes, ejerció al máximo la generosidad para con sus paisanos; ayudaba a todos, a los que tenían algún poder y a los más humildes.