FRANCISCO SOSA WAGNER
DIPUTADO POR UPYD EN EL PARLAMENTO EUROPEO
Imagino a los ciudadanos desconcertados con el lenguaje de los jueces y de los tribunales, ahora invitados permanentes en los medios de comunicación con ocasión de tanto pleito de postín como hay en la sociedad española. Domina la lengua de jerigonza, una suerte de germanía de las togas.
Procede recordar que esto no es nuevo. Víctor Hugo anotaba la sorpresa que le producía llamar al magistrado el gran intérprete de la justicia y al Parlamento el honorable órgano de la ley. Hay en una novela de Anatole France un momento en el que un juez de instrucción oye la declaración de un testigo. Cuando ésta concluye, le pide al secretario que haga el favor de traducir todo eso a la jerga judicial. Y el gran Simenon hace decir a un Maigret metido en una sala de juicios: «De pronto me encontré incorporado a un universo despersonalizado donde las palabras de todos los días no se oían y donde los hechos más cotidianos quedaban encerrados en fórmulas herméticas». Y esto que señalo para los autores franceses podría hacerlo exactamente igual si recordamos a los españoles, de entre los cuales Quevedo fue quien fustigó con más gracia y menos piedad a escribanos, notarios y jueces.
Hace tiempo me ocupé en una conferencia (luego incorporada a mi libro «Los juristas, las peras y otras soserías») de poner en contacto el mundo jurídico con los libretos de ópera y allí salieron lindezas tremendas, especialmente en relación con los casamientos engañosos y los enredos propios del género. La cumbre está en «Las bodas de Fígaro», donde Bartolo le dice a Marcellina que no se preocupe, que él le arreglará «su casamiento interpretando las cláusulas del contrato con astucia, con argucias, con buen juicio, con criterio... si hay que darle la vuelta a todo el código, si hay que revolver en el índice, con un equívoco, con un sinónimo, ya se encontraría algún embrollo... Gracias a sus mañas el canalla de Fígaro será vuestro».
En «El murciélago» -la deliciosa opereta de Strauss- hay un abogado que es un tipo de una pieza apellidado Blind, lo que en alemán significa ciego. Este hombre está entregado en cuerpo y alma al embeleco procesal y, por ello, a su defendido, que ha de ir a la cárcel por haber insultado a un funcionario, le aconseja recurrir, apelar, reclamar, revisar, recibir, subvertir, devolver, envolver, protestar, liquidar, embargar, extorsionar, arbitrar, resumir, exculpar....
Ahora, en mis idas y venidas por Europa, pienso mucho en este lenguaje abstruso que se gasta en las covachas y a veces creo que es urgente simplificarlo y hacerlo accesible al común de los ciudadanos, que no tienen por qué estar entrenados en tanta algarabía como recogen documentos, acuerdos, sentencias y otras excrecencias. Hay quien dice que con ello ganaría la democracia y no sé cuántas paparruchas más. El asunto, bien mirado, debe ser considerado desde otra perspectiva más práctica y acorde con las necesidades vitales de unos profesionales. Porque ¿quién nos pagaría a los juristas nuestros servicios si nos entendieran? Nadie, de la misma forma que no pagaríamos al médico si supiéramos interpretar sus palabras. Éstos llevan su talante a las recetas, que solamente entienden los farmacéuticos. Entre sanitarios se entienden sus confidencias.
Las divinas palabras de la obra de Valle-Inclán tenían este efecto, parecido al de asperjar agua bendita. Así que buen embrollo y mucha trápala. A ser posible en latín, ahora que nadie lo estudia, sustituido como ha sido por las competencias y la habilidad en detectar los estados emocionales, suprema pirueta ésta de otros profesionales a la busca de estipendio: los pedagogos a la violeta.