JAVIER MORÁN
Vuelve hoy la Iglesiona a abrir sus puertas, con lo que los gijoneses podrán contemplar el esplendor del templo más artístico de la ciudad. Un edificio de exteriores sólidos, después de que le hayan curado la grieta, e interiores modernistas, con esos arcos parabólicos que siempre nos han parecido fascinantes. Cuando era niño mi abuela me llevaba a funciones religiosas interminables, dentro de aquel espacio oscuramente iluminado por una luz de tono entre rojizo y amarillento. Se cuenta la anécdota de que otra abuela gijonesa había llevado a su nieto a un vía crucis de los de antes, dentro de aquel templo que inspiraba devoción por las tinieblas.
El caso es que el muchacho se sintió morir allí dentro, porque la ceremonia era también larguísima. Pero llegó a su término y al salir con su abuela ésta resbaló y cayó al suelo. Pidió ayuda al chaval, que tenía todavía metido en el alma lo acontecido allí dentro, y le respondió; «Oye, pues que te levante el Cireneo».
Vuelve la Iglesiona a tener los colores de sus orígenes artísticos, a los que se añade esa magnífica idea de mantener el color rojizo que las pinturas de la primera bóveda adquirieron tras el incendio de diciembre de 1930. Toda una huella de lo que padeció el edificio, que después sería lugar de tormento carcelario durante la guerra. Se cierra también hoy un período extraño. Al poco tiempo de que la Compañía de Jesús cediera el templo a la diócesis, el Ayuntamiento mandaba poner bandejas protectoras contra las piedras que perdía la fachada a causa de la grieta. Aquello parecía una maldición, pues la fisura no había molestado para nada a los jesuitas durante décadas, pero al Arzobispado de Oviedo le surgían los problemas al instante. Así son los sarcasmos de la historia.
Pero ahora es ya momento de olvidar penalidades y de disfrutar de un templo recuperado.