JAVIER MORÁN
La Iglesiona ha vuelto a su función religiosa con dos elementos ausentes: el sagrario propio del templo y el Cristo del escultor Miguel Blay. Ambos objetos fueron retirados por la Compañía de Jesús cuando cedió el edificio al Arzobispado de Oviedo, en agosto de 1998. Siempre nos hemos preguntado el porqué de ese modo de proceder y la verdad es que nunca hemos interrogado sobre el particular a los actores del suceso.
No obstante, cierto pariente, antiguo alumno y entusiasta de la Compañía de Jesús, como uno mismo, me comentaba el otro día que consideraba esos bienes mejor administrados por los jesuitas que por cualquier diócesis. Es un argumento, no lo vamos a negar, aunque presupone una adhesión inquebrantable a los hijos de San Ignacio y la suposición de que fuera de las catedrales y de los templos cuidados muy celosamente por sus párrocos, el resto de bienes eclesiásticos puede correr peligro.
Aceptemos también la posibilidad de que documentos privados no conocidos establezcan que el sagrario y el Cristo de Blay han de ser siempre propiedad de la Compañía de Jesús, circunstancia que obligaría al cumplimiento de las voluntades de los difuntos. No obstante, lo que saben en la propia basílica del Sagrado Corazón es que el sagrario se construyó con plata donada por la feligresía de aquellos años, y que la obra de Blay también pudo ser objeto de una donación al templo.
Pues bien, considerado todo ello, y salvados los compromisos adquiridos, si es que existieran, nada nos parecería más idóneo que, al menos, el sagrario retornase a la Iglesiona. Y sencillamente porque es el sagrario de este templo en particular, ya que su forma exterior reproduce elementos arquitectónicos de la ahora Basílica. Es decir, dicho sagrario fue hecho explícitamente para esta iglesia.
Dice el presidente Areces que va a intervenir muy directamente en el asunto. Esperaremos resultados, aunque tal vez debería nombrar antes a un director general de asuntos religiosos. Nunca sobra un buen cargo público.