MILIO MARIÑO
Para atajar esta pandemia económica que no cesa insisten en recetarnos genéricos de dudosa eficacia. Insiste, sobre todo, la derecha, que se ha caracterizado siempre por unos modales amables que suele perder con frecuencia. Al principio tratan de convencernos, con buenas maneras, de que sus derechos de toda la vida no pueden extenderse al pueblo llano porque eso supondría que todo se vaya al traste, pero luego, cuando ven que la cosa no cuela, no destacan precisamente por su respeto ni por aceptar que se favorezca a los que menos tienen, sino que acaban perdiendo los nervios y se agarran a lo que sea con tal de impedir lo que consideran intolerable; que un ciudadano cualquiera, un don nadie, pueda ponerse a su altura. Es decir, a la altura de quienes por cuna, estudios, religión o situación económica entienden que deberían estar por encima.
En ese empeño se olvidan de los buenos modales y no dudan en desprestigiar a las instituciones. Todo va manga por hombro y es un desastre cuando no está en sus manos. Y otro tanto sucede con las recetas que quienes no son ellos aplican para curar los males de la economía, la sanidad, la enseñanza, o lo que sea.
Una de sus habilidades es intentar convencernos de que lo que es bueno para unos pocos es bueno para todos. Así, las recetas que un día y otro oímos y suenan a cantinela son que el único remedio para sanar de esta crisis pasa por disminuir el gasto público y abordar una reforma laboral en consonancia con el resto de Europa. Eso dicen, pero quienes lo dicen se cuidan mucho de explicar sus intenciones y ocultan cómo está, en otros países, lo que ellos recetan para curar nuestros males.
Quienes critican al Gobierno por gastar, insisten, lo que no tenemos, callan que en España el gasto público no llega al 40 por ciento del PIB, mientras que el de Francia, donde gobierna la derecha, alcanza el 54 por ciento, y otros países como Austria, Bélgica, Italia, Holanda, el Reino Unido y Alemania sobrepasan ampliamente el porcentaje español. Lo sobrepasan aun contando con que no tienen ni la mitad de paro que tenemos nosotros.
Otro runrún que no cesa es el que se refiere a la imperiosa necesidad de acometer una reforma laboral, al parecer, imprescindible para que se reduzca el paro. Quienes lo fían todo a esa reforma es como si estuvieran diciendo que hay trabajo de sobra y que la única razón por la que los empresarios no contratan es porque no pueden despedir gratis y avisando de hoy para mañana.
Si alguien piensa que así se despide en Europa merece un sobresaliente en ignorancia. En Europa, como aquí, el despido individual es una decisión del empresario, pero está sujeta a una serie de limitaciones tales como el aviso previo y la alegación de una causa justificada, que en algunos casos, como los Países Bajos, ha de dilucidarse previamente en audiencia pública, y en otros, como Alemania, se resuelve mediante un procedimiento definido y acordado en convenio colectivo. La indemnización por despido en Alemania es de un mes de salario por año trabajado y, a modo de ejemplo, conviene apuntar que el sueldo mínimo de un trabajador alemán de la construcción es de 1.760 euros al mes.
Si nuestro gasto publico es inferior en más de un 10 por ciento al del resto de Europa y tenemos un despido más rápido y más barato, ¿a qué viene seguir insistiendo con esas recetas?