FRANCISCO PALACIOS
Con los votos favorables del Partido Popular, Partido Socialista de Euskadi y Unión Progreso y Democracia, el Parlamento vasco ha aprobado días pasados una propuesta solicitando que la selección española de fútbol y la Vuelta Ciclista a España regresen de nuevo al País Vasco, de donde llevan muchos años ausentes. Una iniciativa que sólo se explica en el contexto de una autonomía regida por los nacionalistas durante treinta años. Como sentenció el dramaturgo Friedrich Durrenmatt: «Es triste vivir en una época en la que hay que luchar por las cosas evidentes».
Según una encuesta realizada a pie de calle, a la mayoría de los ciudadanos vascos les parece razonable que llegue a producirse esa vuelta a la normalidad deportiva. Por el contrario, y como era de esperar, representantes nacionalistas se oponen radicalmente, arguyendo que con tal medida de lo que se trata es de «españolizar» el País Vasco. Una afirmación perversa. Es como si hubiera que pedir permiso para entrar en la propia casa. Algunos van más allá: amenazan del peligro que puede correr el que lo haga: «Que vengan si se atreven».
Plataformas vinculadas al nacionalismo separatista reclaman la oficialidad de las selecciones de fútbol en Cataluña y el País Vasco: «Una nación, una selección». Saben que el fútbol, un imparable fenómeno de masas, constituye una potente seña de identidad, con sus pasiones, sus mitos, sus ritos, sus símbolos, su proyección internacional, su enorme repercusión mediática.
Del mismo modo utilizan el formidable escaparate del fútbol para sus reivindicaciones políticas. Así, más de un vez se exhibió impunemente en el Camp Nou una gran pancarta -en inglés para que fuera mayor su repercusión propagandística- con esta leyenda: «Cataluña no es España». Y en la final de la última Copa del Rey entre el Athletic de Bilbao y el FC Barcelona pudo leerse también en inglés: «Somos naciones de Europa. Adiós España», con las fotos de Zapatero y Rajoy en la parte inferior del cartel. Asimismo, un buen número de aficionados hispanófobos pitaron y abuchearon el himno nacional en ese partido. La condena institucional fue muy tibia. Incluso se justificó el incidente como un ejercicio de libertad de expresión. Sin embargo, las autoridades de otros países no suelen ser tan tolerantes ante hechos de esa índole. Valga como ilustración el siguiente ejemplo.
El pasado otoño, en el partido amistoso que disputaron en París las selecciones de fútbol de Francia y Túnez ante unos sesenta mil espectadores, los inmigrantes árabes presentes en el estadio se manifestaron con una ruidosa bronca mientras se interpretaba «La Marsellesa», himno nacional de Francia. La reacción del presidente Nicolas Sarkozy fue fulminante: advirtió de que la próxima vez que sucediera algo parecido el partido quedaría «inmediatamente suspendido». Una reacción impensable ahora en España, donde hay líderes políticos que no tienen claro el concepto de nación.