JOSÉ MANUEL IBÁÑEZ
Aunque no hace falta ser muy observador, un simple vistazo por el entorno de las cuencas mineras puede ser fiel reflejo de una realidad preocupante, que está ahí ante nuestros ojos, aunque no se quiera ver.
Uno de estos días atrás tuve la oportunidad de charlar distendidamente con el presidente de la Asociación Mierense de la Cocina Solidaria (Amicos), Carlos Muñiz, y comprobar de primera mano las necesidades de gentes que por unas cosas u otras llegan a situaciones extremas.
Sirva como simple dato el decir que en el año 2008 dieron más de 3.300 comidas, y en el actual la cifra ya ha sido superada el pasado mes de julio.
El estereotipo de pobre, relacionado casi siempre con la marginación, o desheredados de la fortuna que a diario nos encontramos buscándose la vida, mendigando, o recogiendo los desechos de una sociedad de consumo aparentemente opulenta, está cambiando radicalmente.
La pobreza en los últimos tiempos se manifiesta en muchos estados. No como todos los casos extremos que todos conocemos, pero crueles y preocupantes.
Estos nuevos pobres, de apariencia normal, los podemos encontrar en personas que de repente, por pérdida del trabajo, desintegración familiar, o pensionistas de recursos mínimos, que llegan a una situación angustiosa, sin poder hacer frente a sus necesidades más perentorias.
Pobreza alarmante ya no es la de los transeúntes que van de un lado a otro, los sin techo, inmigrantes sin recursos o mendigos, que cualquiera pude ver, sino que existe una pobreza oculta de personas que, quizá, por una dignidad mal entendida -que puede ser muy respetable- o por el qué dirán, pasan necesidades tan simples, pero vitales, cual puede ser no poder llevarse un plato caliente a la boca.
El término de pobreza oculta se puede aplicar a miles de jóvenes, con dependencia total de sus familias, e incluso con brillantes currículos universitarios, que ven cómo el desánimo cunde en ellos por falta de oportunidades, con nula posibilidad de emanciparse.
O los que deben regresar a su país, con las ilusiones rotas y la cabeza gacha.
No me cabe la menor duda de que los ejemplos se podrían multiplicar. Están ahí larvados, en algunos casos con leves capas de maquillaje para dulcificarlos un tanto.
Las diferencias entre los unos y los otros se ahondan cada día, pero bueno sería que los que ahora disfrutan de mucho, deberían tener en cuenta que alguno de los que ahora se encuentra en situación crítica no hace mucho que estaba integrado en su mismo grupo.