HIGINIO DEL RÍO
Hace unos años -recuerdo que me lo explicó él una vez en su piso de Madrid, al lado de la iglesia donde se produce el milagro de la licuación de la sangre de San Pantaleón-, Gonzalo Suárez proponía que Asturias toda fuera el plató y la factoría natural de una próspera industria en relación con la cinematografía. Exponía un concepto rompedor, que desbordaba la idea que tenemos de Cinecittà, de Babelsberg y hasta de Hollywood (donde ahora lo que cuentan son los endiablados efectos especiales creados en el ordenador). A priori, aquello sonaba a utopía, a algo más difícil de licuar que la hemoglobina del santo Pantaleón.
Sin embargo, el de Llanes -tierra en la que Suárez encuentra la inspiración como cineasta y como escritor- es un caso bien patente de los brotes verdes que el cine puede provocar. A Llanes acuden, como moscas a la miel, cineastas nacionales y extranjeros, con su aparatosa tropa, para hacer spots, series de televisión y largometrajes. Está aquí arraigada una tradición de rodajes que podría traducirse en un recurso económico de sorprendente alcance. Nos podría llevar a considerar en serio las posibilidades de la ensoñadora sugerencia del director de «Parranda», con sus imprevisibles ramificaciones y consecuencias prácticas (escuelas de actores, de técnicos y de directores, estudios, infraestructuras e industrias auxiliares), extensibles a toda la región. Soñar no cuesta nada.
En Llanes se están rodando películas desde hace más de 80 años y hasta los gatos están familiarizados con los rudimentos de la producción del Séptimo Arte (poca gente habrá aquí que no haya participado como extra, alguna vez, en rodajes). Hay, además, una prehistoria, un «back-ground» de documentales varios, e incluso largometrajes, que tuvieron el concejo llanisco como escenario desde los principios del siglo XX.
En ese apartado histórico de imágenes mudas en movimiento, del que el experto local José Antonio Anca ha logrado recuperar ya verdaderas joyas, como «La llegada del tren» (1905) o «Llanes, 1917», permanecen aún perdidas filmaciones que sabemos que existen, que se hicieron. Un cine sin rastro, pero del que hay constancia en la hemeroteca. He aquí algunos de los documentos que, con un poco de suerte, habrán de encontrarse algún día: película documental de agosto de 1918, rodada por un equipo de la «Pathé Frères» (la misma entidad que había grabado «Llanes, 1917») y costeada por el industrial Eladio Bengoa; película de costumbres de 1923, hecha por un equipo de la compañía cinematográfica Atlántica, que, al parecer, se promocionó luego entre los indianos de México y Cuba; película «Bajo las nieblas de Asturias» (1925), del realizador de Ribadedeva Manuel Noriega; documental con escenas de la fiesta de la Magdalena, filmada en los años veinte por Modesto Montoto; documental de una casa cinematográfica, sin especificar, que en septiembre de 1932 recogió escenas de la procesión de la fiesta de la Guía y de la exhibición aérea del aviador de Cue Ricardo García Portilla, al que se veía lanzar flores a la imagen de la Virgen, y documental hecho en 1935 por un cameraman de la UFA, que había llegado a bordo del avión de otro piloto llanisco: Benjamín Gutiérrez. (La Universum Film AG, principal productora de Alemania, era ya entonces un instrumento propagandístico en manos de Goebbels, y el técnico germano que traía Benjamín filmaría lo que bien pudo haber sido uno de los primeros reportajes turísticos desde el aire en la historia de Asturias).