LADISLAO DE ARRIBA
Recuerdo en los carteles de las veladas de lucha -más libre que grecorromana- cuando se anunciaba como Peltó «Cabeza de Hierro»; y años más tarde sus intrepideces submarinas rescatando buques naufragados. Procedía de las Luiñas cudillerenses y fuimos vecinos en la playa de San Pedro de Bocamar, hasta que la ley de Costas tiró la casa que yo alquilaba y el castillo de popa, resto de un naufragio que había Peltó plantado en la orilla.
Jubilado de la lucha, del buceo y de cualquier actividad laboral, frecuentaba toda clase de acontecimientos culturales, desde recitales poéticos hasta exposiciones artísticas. Era figura indispensable en esta clase de eventos, con su gorrilla azul de marino bretón, alardeando de descendiente de aquellos vikingos que siglos antes desembarcaron frente a la casería que le vio nacer.
Me comunicaron su fallecimiento y me di cuenta de que se había ido sin rescatar de la Concha de Artedo alguno de los submarinos alemanes que allí yacen desde la I Guerra Mundial.
Era ésta una de las historias que a Peltó le gustaba contar al caer la tarde en el bar del camping, donde acampaban gentes de tierra adentro a quienes el narrador les parecía un hijo de Neptuno que hablaba el idioma de los pixuetos. Un tritón que intercambiaba términos ingleses para que los veraneantes foriatos le entendiesen
Que descanse en paz, aunque le va a faltar auditorio a quien contar historias de la mar, de galernas y naufragios.