LUIS M. ALONSO
El crecimiento cero hace tiempo que dejó paso al desarrollo económico sostenible y, algunos, no sabemos a qué carta quedarnos porque de un término imposible hemos derivado en un concepto vago o, en último caso, impreciso.
No hay nada científico del dichoso paradigma de lo sostenible por lo que atañe a un marco explicativo de la naturaleza y de su conocimiento. Se trata más bien de un imperativo moral o, mejor dicho, publicitario, cuya función sería dirigir las acciones humanas para garantizar la conservación de la naturaleza o de los recursos. ¿Me he perdido?, ¿se han perdido?
Un proceso sostenible es, según la Real Academia Española de la Lengua, el que puede mantenerse por sí mismo sin ayuda exterior o merma de los recursos. Interpretar a partir de esa definición en qué consiste la ley de economía sostenible del Gobierno, anunciada por Zapatero y la ministra del ramo, seguramente debe resultar fácil, pero yo, desde luego, no me atrevo a hacerlo.
Sin embargo, que cuatro ignorantes como yo no lleguemos a ello no significa nada. Este nuevo paradigma o maniobra propagandística de lo sostenible es universal y ha penetrado, con diversa profundidad y resultados, en todos los ámbitos de la cultura y de la vida social. Fíjense los lectores, observadores de la actualidad, que no hay programa político sin sostenibilidad en sus propuestas. Por supuesto, los departamentos de la Administración dedicados al desarrollo sostenible han sustituido a los de medio ambiente. La «sostenibilidad» es mucho más ambiciosa en el lenguaje de los políticos porque incluye desarrollo. Con el crecimiento cero, que formaba parte de la vasta despensa de los eufemismos, no se podía engañar a nadie, pero en lo sostenible hay un campo ilimitado para el subterfugio en la cultura dominante de la doble moral.
Puede que todo esto sea la farfolla de siempre, pero más que nunca se han puesto de acuerdo para dárnosla con queso.