TONI SILVA
El pasado fin de semana la villa de Ribadesella rindió tributo al maíz con las primeras jornadas dedicadas a la esfoyaza (el preparado de las hojas de las panoyas para trenzarlas), a la esbilla (el desgranado de las panoyas que no se enriestraban) e, incluso, a la garulla, que era la pitanza de castañas, nueces, manzanas asadas y sidra dulce que ofrecía la casa a las personas que participaban en las labores. Yo recuerdo con verdadero cariño las esbillas nocturnas de la casería del Llagarón, en mi Torre natal, que eran todo un monumento a la alegría aldeana, a la convivencia y al trabajo colectivo, unos valores que cotizan a la baja en esta época tan sosa e individualista.
El maíz como alimento humano ya no tiene peso en nuestra Asturias, donde hubo un tiempo donde fue la base indiscutible del sustento popular, al igual que aún lo es hoy en algunas comunidades americanas o, incluso, europeas. Yo he visto enormes plantaciones en Rumanía, que son la fuente de la mamaliga (una papilla o polenta) que acompaña muchos platos, y en el estado mexicano de Chiapas, cuyas milpas (maizales) suministran a la industria la harina para las omnipresentes «tortillas» (tortas) para hacer los tacos, las enchiladas o los tamales, que se cuecen al vapor dentro de hojas también de maíz. Incluso, pueden ir rellenos de elote, que son panojas inmaduras.
Las jornadas riosellanas del maíz, organizadas por la Sociedad Etnográfica de Ribadesella, tuvieron como plato fuerte una exposición en la plaza de abastos en la que se reunieron aperos de labranza (sin duda sobraba el trillo, desconocido en esta zona), utensilios tradicionales y muchas muestras de maíz en todas sus variedades, estados y aplicaciones. El estilo «naif» de la exposición resultaba muy adecuado para las visitas escolares, que abarrotaron el recinto los tres días de la muestra. Pienso que, para que los escolares no creyeran que el maíz era sólo cosa del pasado, no hubiera sobrado alguna referencia al cultivo actual de maíz forrajero -por ejemplo, en la ería de Meluerda-, cuya recolección mecanizada es un espectáculo también digno de ver, por qué no.
Otro hito del evento fue la charla de la etnógrafa y antropóloga riosellana Yolanda Cerra, que dio un repaso pedagógico y entretenido por los aspectos culturales del mundo del maíz, bien sustentados tanto en documentación impresa como en testimonios vivos del entorno rural donde creció y aún mantiene su casona natal. Y el fin de fiesta tuvo lugar en la plaza de abastos, que estrenaba para la ocasión más espacio útil para el público, ya que se acaban de quitar los mostradores que en principio estaban destinados a la venta de los productos agrícolas de los miércoles, una actividad que hace tiempo ha sido trasladada a las calles de la villa. Si por una parte es una buena noticia que este local empiece a ser mejor aprovechado para actos de tipo cultural (aunque hay que lavarle la cara antes), también ha quedado patente que no puede ser utilizado para eventos musicales, ya que la acústica es horrible, incluso con la potente megafonía que llevaba el «Cuarteto Torner», en toda la mitad de la sala más próxima a la puerta. Que no le queden dudas a las autoridades municipales: Ribadesella necesita urgentemente un auditorio civil con capacidad, camerinos y buena acústica, ya que para esa función no sirve ni la Casa de Cultura, ni la plaza de abastos ni el futuro local polivalente de la Atalaya, que nacerá pequeño. En cualquier caso, enhorabuena a la Sociedad Etnográfica por su estupenda iniciativa y salud (también a su presidente, Francisco Elías, que nos dio un pequeño susto) para las próximas ediciones.