FRANCISCO
GARCÍA PÉREZ
Durante las Jornadas de la Universidad de Oviedo tituladas «40 años de narrativa en Asturias», se produjo un hecho sorprendente: subió a la palestra un teórico que también es narrador. Entiéndame: lo habitual, en cuanto se juntan cuatro literatos en un congreso, es que le den a la matraca cada uno con su propia obra, con lo mal que les trata la crítica y con unos jabonazos al propio ego que pasman y meten miedo. Pero encontrar a alguien que escriba ficción y, además, traiga pensado de casa qué es el oficio de escribir y nos libre de los lugares comunes («escribo para que me quieran»; «escribir en España es llorar»?) es inhabitual, inusitado, excepcional y estimulante. Así lo hizo Pedro de Silva y, por ello, merece la pena que conste y no queden volando en el aire.
«Escribir es saber qué palabras poner en qué orden para decir qué cosas», definió al comienzo, así de simple. Un peldaño más, para salir de lo elemental: «El relato, cuento, historia, narración, refleja un fragmento más fantaseado o menos de la vida de los humanos, o de su proyección metafórica en animales, dioses o seres de cualquier clase». ¿Quién es el protagonista de ese oficio?: el escritor, claro, «una mente literaria, una memoria de ordenador que guarda dentro lo suficiente del discurso literario universal». Es, además de «escritor», «excretor», un conducto por el que salen de las glándulas los productos que éstas han elaborado. ¿Y tiene «esencia» lo que hace, o sea, la literatura?: tres esencias, según De Silva. «Moral» la primera, aunque sea inconsciente el propio actante: «Los escritores casi nunca son conocedores de su condición de predicadores morales, pero todos lo son, incluso los más transgresores». La segunda esencia es el «sentido»: «Un dinamismo, una gran cuerda direccional, una tensión tractora hacia algún sitio, que está presente en la vida humana, y que la literatura promueve y fertiliza». Por fin, y para sorpresa por su formulación, la tercera esencia de la literatura es «su Espíritu Santo»: «La relación de todo con todo, la textura, el tejido (?), el fluido unitivo». En resumen, literatura es igual a «una moral, un sentido, una restauración con voz impostada de la unidad perdida», o, en otras palabras, «una ética, una épica y un tejido», aunque en el fondo esos tres principios activos de lo literario sean uno y el mismo.
«Toda literatura verdadera es mágica, y el acto de escribir una práctica de magia, una medicina, en la acepción primitivista, una curación por medio de una pócima de fluido unitivo del individuo, que obtiene la salvación a través del sentimiento de pertenencia», va concluyendo De Silva. Pero cierra con una sentencia que cuestiona aquello de que la literatura es un espejo junto al camino: «No es el libro de bitácora de la humanidad, no es su espejo o testimonio, no su libro de actas (?), es el libreto de la obra, el guión de la representación». Así, «cuanto sucede es la dramatización de la literatura, la ejecución de su hoja de ruta, el cumplimiento del programa que contiene (?) el hilo de la vida y de la historia». Todo un conjunto que puede ser llamado «el (o la) innombrable».
¿Cuánto hace que, aquí en Asturias, nadie se atrevía a ordenar el discurso sobre lo narrativo, a establecer un relato sobre la literatura, a ser un escritor de orden en el caos actual? Pues ha tenido que hacerlo precisamente Pedro de Silva, a quien le gusta más transgredir, desordenar la calma chicha, que a un adolescente una red social por internet. Lástima sería y, conociendo el percal vaporoso y vagoroso de tantos escritores de aquí, lástima va a ser que no se aprovechasen sus palabras para generar polémica, basada, por ejemplo, en la inversión de la función literaria (la vida imita a la literatura, y no al revés) que propone al final con tanto fundamento y tantas ganas de chinchar. Y es que la casa de la escritura está cerrando por defunción -asesinada por escribidores de blogs y blufs, machacada por el fomentado analfabetismo ambiente- sin que acusemos recibo, con los ojos bien cerrados a cualquier luz que encienda un teórico.