ANTONIO OCHOA
Vivimos en un rincón del mundo peculiar. Nuestro paisaje es diferente, agreste, con sus pueblecitos colgados en las laderas y rodeados de bosques. Nuestra gastronomía es particular, recia y sabrosa. Somos una isla de vino en medio de un mar de sidra. Nuestro folclore y hasta nuestro bable tienen características propias. Somos, en fin, pintorescos en el mejor sentido del término y podemos sentirnos satisfechos de ello. Pero hay ámbitos en los que el pintoresquismo ya no es tan positivo. Porque en la gestión de los asuntos públicos la mayoría de los ciudadanos prefiere la monotonía a la extravagancia y desea que sus autoridades sólo salgan en la prensa para cosas aburridas como inauguraciones de obras, apertura de eventos y presentaciones de proyectos serios.
Claro que, aquí en Cangas, la propia coalición de gobierno municipal es, de por sí, pintoresca. No es que dos grupos de ideologías opuestas no puedan ponerse de acuerdo en algo o, más a menudo, contra alguien. Después de todo, la política hace extraños compañeros de cama y para un ratito de sexo no hace falta complicarse en filosofías. Pero un noviazgo de cuatro años requiere un poco más de amor y una cierta renuncia. O los concejales de la derecha apoyan políticas de izquierdas en contra de sus ideas o al contrario. Cierto que no deben ser siempre los mismos los que se sacrifiquen. Se puede cambiar de postura por turnos o por sorteo, se puede ser progresista en unos asuntos y conservador en otros, pero alguien debe renunciar por amor a sus principios en cada caso. Porque la única otra opción es no hacer nada en absoluto durante cuatro años sin que nadie se dé cuenta.
Por si esto no fuera ya bastante pintoresco, se empeñaron en seguir yendo por libre. Se marcharon de la Mancomunidad porque no les dejaban sentarse en la silla del jefe y luego tuvieron que suplicar que les dejaran sentarse atrás, entre el público, para poder recibir las ayudas al turismo. Y ahora, en otro ataque de pintoresquismo, han decidido revisar al alza las exigencias de titulación de los empleados municipales. De momento, han considerado que el título de Bachiller Superior de un funcionario (el que se pedía en la oposición que sacó y el que se sigue exigiendo a los funcionarios de su categoría en el resto del país) no es bastante para este Ayuntamiento. Una iniciativa loable pero dificultosa. No sé si la UNED será capaz de atender la demanda de, por ejemplo, cursos de Master en Protocolo para los sufridos conserjes o en Tratamiento de Residuos Urbanos para los sacrificados barrenderos.
Claro que podría ser que esa revisión de títulos se circunscribiera a una sola persona y que el título concreto que no ha querido sacarse sea el de Sumisión al Nuevo Régimen (que no sé si es una licenciatura o una licencia). Esto sí sería verdaderamente peligroso y crearía un terrible precedente para el futuro. Empezar una caza de brujas es sencillo, pararla es muy complicado. Los perseguidores de hoy pueden convertirse fácilmente en perseguidos mañana. ¿Quién podrá, entonces, ejercer su labor con profesionalidad e independencia sabiendo que cada Corporación que entre hará exámenes de lealtad? Hacer depender el futuro de los funcionarios de su adscripción política es obligarlos a convertirse en políticos y convertir a los funcionarios en políticos es el camino más rápido hacia una república bananera.