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La rucha

Nada nos regalaron

n Malos aquellos años de mirar, cuando la había, por una perrona

 
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Nada nos regalaron
Nada nos regalaron  

AURELIO GONZÁLEZ OVIES POETA Real y sinceramente, fuimos muy pobres. No míseros, pero sí bastante pobres. No desgraciados, pero sí, en realidad, pobres. No infelices, pero sí desafortunadamente pobres. No indigentes, por más que sí, humildes, sumisos y oprimidos. Tal vez la última generación de ruchas, flemones, aguinaldos, asaltos a huertas y fresales, sarampiones, supositorios, piojos e impenitentes santorales.

Pobres, creo recordar, que madrugábamos y, antes de bajar a la escuela, recorríamos con un caldero los prados, rebuscábamos entre muros y bardales hasta acopiar unos kilos de caracoles que pasaba a recoger el caracolero los sábados y nos aseguraban las zapatillas para el invierno, el frasco de colonia para el día de la madre, el pañuelo por San José, el duro para un Mortadelo o el pan tierno de cada día, por más que entonces no cayéramos en la cuenta.

Pobres, si la memoria no me falla, que «gapiábamos» pinos y ofertábamos piñas, de puerta en puerta, a real la docena. Y recogíamos el cobre y los alambres que tiraban los operarios en torno a los palos de la luz y revolvíamos en las escombreras a la captura de hierro, hoja, metal y metralla que se vendía por cuatro reales al chatarrero de turno que deambulaba de pueblo en pueblo con furgoneta y altavoz.

Pobres, si no me equivoco, que en mitad de las noches más frías y entre las marejadas furiosas de noviembre, sumergidos hasta el cuello, arrastrábamos con redes ocles, «raidorios» y porquería que amontonábamos en la orilla y trepábamos acantilados con sacos chorreantes que, escogidos y en seco, quedaban en nada, en una insignificancia que nos permitía estrenar unas botas o adquirir unos lápices o lograr un paraguas de mayor, con mango de madera y varillas de acero.

Pobres, pienso que digo la verdad, que nos lavábamos a diario y nos bañábamos los sábados con agua mezclada de la caldera, vertida en un barreño de cinc, en cualquier rincón de la casa. Que comíamos todos los días lo mismo que todas las semanas -y gracias-, lo que fuera con lo que hubiera, lo que hubiera con lo que pudiera ser. Y heredábamos pantalones y trapos y abrigos, triciclos y canicas, libros de texto y catecismos.

Pobres, sí, aunque mirado desde ahora, venturosos «a media fase» y favorablemente nietos de una guerra, esclavos de aquellas décadas de traumas y bisnietos de una penuria que nos moldearon y nos aprisionaron en la escasez hasta la saciedad.

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