LUIS M. ALONSO
El caos se ha apoderado de Avilés con la ORA. Una ordenanza que tiene como una de sus funciones esenciales la ordenación y regulación del tráfico ha servido precisamente en esta ciudad para que los coches busquen desesperadamente donde aparcar de forma gratuita, al no existir estacionamiento controlado alternativo suficiente para cubrir las necesidades. Esto, se dirán los lectores, tendrían que haberlo previsto los concejales. Pues, sí, deberían haberlo hecho, pero de ocurrir así no serían los concejales de Avilés.
Los avilesinos se han encontrado con que sus representantes del pueblo soberano han impuesto un servicio de pago sin tener resueltas las opciones lógicas de otros lugares. Además de no existir suficiente aparcamiento alternativo, tampoco hay nuevos enlaces y servicios de transporte público para los que, en vista del nuevo modelo, se decidan a dejar el coche en casa. Y también se han dado cuenta de que en su ciudad, con un pequeño casco histórico y al contrario que en otros sitios, lo de menos para el Ayuntamiento era facilitarles las cosas y lo de más la voracidad por recaudar un nuevo impuesto encubierto. Entonces, ha estallado una especie de rebeldía cívica que hasta ahora no se conocía en otros lugares, donde se ordenó la regulación del estacionamiento sin tanto problema. El centro permanecía estos días desierto y los automóviles se agolpaban en las afueras buscando hueco. Los vecinos de los barrios han empezado a quejarse porque la deserción de las «zonas azules» ha traído una invasión de coches.
A nadie le gusta pagar por aparcar después de toda una vida sin hacerlo, pero en Avilés no es sólo eso. El problema es que la ORA la han previsto los mismos que asan la manteca en otros menesteres municipales. El concejal del ramo se da por satisfecho, confía en que más tarde o temprano los vecinos acabarán entrando por el aro. A él no le preocupa, va al trabajo caminando sin saber en lo que consiste. El trabajo, me refiero.