CELSA
DÍAZ ALONSO
Si Dios quiere, y querrá, pues parece ser que se muestra a favor de los que están convencidos de que Él les da siempre la razón sea cual sea, en Asturias triunfarán los biempensantes, y por suerte aquí sólo se estudiará la Biblia como única y verdadera fuente de conocimiento. Estaremos así libres del fanatismo, tan inherente al pensamiento científico como el rigor matemático a las verdades reveladas, fuente de todos los odios y que nos abocaría irremisiblemente a la destrucción. Ya que si algunos piensan que ciencia y religión pueden coexistir pacíficamente, cada una en su labrantío, para otros ha llegado la hora de dar un puñetazo en la mesa, e incruentamente y por medio de la razón, como siempre han hecho, poner en su sitio a la ciencia, empeñada como está en pisar constantemente el campo de la religión sin que nadie la haya llamado. Sería demasiado facilón recordar todos los santos obligados a abjurar de su fe o martirizados por obcecados astrónomos. No olvidemos el macabro y sangriento resultado en que dio, con el rodar del tiempo, el empecinamiento de Sabino Arana por preservar la ortodoxia de los postulados matemáticos; o, más recientemente, los conflictos entre partidarios de distintas teorías sobre el origen de la cordillera Balcánica, que en la última década del siglo XX volvieron a mostrarnos en Europa central lo peor que puede dar el ser humano; y, ahora mismo, los ofuscados lamarckistas que envían a sus jóvenes convertidos en bombas humanas contra los no del todo inocentes darwinistas.
Otra ventaja será que nuestras más valiosas mentes, escrutando en el Génesis en busca del origen, tal vez encuentren que la manzana del pecado de Eva (mala, mala) y Adán (engañadito el pobre) era una verdialona de Navia o que Caín era de cerca de Belmonte, lo que explicaría la maldición eterna de Asturias. Y no estamos hablando de aquella antigua nobleza segundona -embrutecida y haragana-, ni de la vieja burguesía segundona -ignorante y apática-, ni de la actual clase política a la altura de los tiempos? pasados, no. Estamos hablando de una maldición intelectual que entre sus momentos cumbres cuenta con la desaparición de la Facultad de Ciencias desde 1859 (año de publicación de «El origen de las especies») hasta 1895. Asturias se queda sin una voz autorizada en el pensamiento científico en un momento trascendental en ese campo. Si el historiador José Florit Capella dijo que «la crítica al evolucionismo precede a su conocimiento, aquí nunca se llegó a la segunda parte. Pero, aún más, tal desertización ocurre en la etapa más brillante de la Universidad de Oviedo y de su máxima influencia en la sociedad: la ciencia desaparece del mundo intelectual.
Cuando retorna, la selección natural como motor de la evolución ha sido ampliamente aceptada en el mundo académico y prácticamente ha desaparecido del debate público, a no ser por los anatemas y los repudios de la Iglesia. (Baste recordar el episodio protagonizado, muchos años más tarde, en pleno nacionalcatolicismo hispano, por el cauteloso Félix Rodríguez de la Fuente, cuando trató de dar a conocer popularmente esta teoría, y la censura y las invectivas sufridas).
Los rescoldos de ese eclipse aún colean, de tal manera que un experto en organización de eventos festivos fue capaz recientemente, como dio noticia este periódico, de poner en duda la capacidad intelectual de un científico, rector para más señas, autor de muchos e importantes trabajos de los que me temo no sería capaz de leer sus títulos sin trabucarse.
Quizá podría pensarse que son las ascuas de ese erial del pensamiento las que llevaron al obispo auxiliar de Oviedo, Raúl Berzosa, a pronunciar en este periódico las declaraciones del pasado jueves 19 de noviembre. Puesto que si alguien con una preparación científica básica como yo es capaz de detectar en una lectura varios errores de bulto, éstos podrían achacarse a una osada y desvergonzada ignorancia. Pero es difícil de creer del todo a un doctor en Teología Dogmática y profesor de Antropología Teológica, que ya dejó claras sus ideas en otras declaraciones al respecto de Atapuerca, cuando calificó a Eudald Carbonell, codirector de las excavaciones, de célula cancerosa, mientras a la vez pedía respeto hacia sus propias creencias? Si es así, aún vale lo que hace 159 años Henry Huxley le dijo al obispo de Oxford Samuel Wilbeforce, alias «El Untuoso Sam», en un famoso debate: «Si me preguntara sobre si prefería tener por abuelo a un humilde simio o a un hombre muy dotado intelectualmente y con grandes medios de influencia, pero que tan sólo utilizara sus dones y sus poderes para ridiculizar una gran cuestión científica, diría, sin vacilar, que prefiero al simio».