VÍCTOR GUILLOT
El asunto es saber a qué llamamos Europa. Hasta que llega Kant, Europa es la duda metódica y cartesiana, la reforma y la contrarreforma, una guerra política y religiosa. Pero Europa es también la sonrisa ambigua de La Gioconda, el misterio de la Cena Sagrada y, siglos atrás, toda la cultura clásica quemada en la biblioteca de Alejandría. Europa era la palabra ardiente en el papiro, la letra engrasada de Gutemberg en una vieja imprenta o una Olivetti maltratada en manos de Indro Montanelli. Con aquella semilla tipográfica se multiplicaron siglos después todas las Europas.
Pero Europa fue también una vieja friendo huevos junto a Ferran Adriá en un cuadro de Velázquez, unas meninas sin Marichalar o unas picas en Flandes bajo un cielo de Antonio López. Europa es la revolución francesa, dos guerras mundiales, un telón de acero y un socialismo practicable dibujado en la sonrisa de Felipe González.
Pero ha dicho hace unos días FG que la Unión Europea es diabólicamente ineficiente. A FG le han encargado que presida un comité de sabios para que reflexione sobre Europa. Sabe que todo ese esfuerzo sólo le conducirá a la melancolía, el único sentimiento que cobijamos antes de acariciar el fracaso de la muerte. Cada vez me gusta más Felipe, que habla como un eremita, un hombre que tiene el mundo en su cabeza, siempre ágil, locuaz, afilado e inteligente. Procede de otro tiempo, cuando Helmut, François y Delors, sus colegas, aquellos viejos amigos, lograron convertirle en un príncipe doliente.
Felipe se parece cada día más a Hegel. Ha visto cómo su espíritu envejece, cautivo hace unos años en la reflexión permanente sobre sí mismo y volcado ahora sobre el viejo continente. Le han pedido que busque a Europa como a un héroe, pero él habla de energía, de mercados y de poder como un Maquiavelo sin cuchillo. Sabe que los héroes mueren si tocan a una diosa, de modo que hace preguntas antes de dar soluciones.
El FG que votaron los españoles del 82 era un de pana y suéter, de camisa de cuadros y melena cuidada, un revolucionario sin Marx que traía la prosperidad de los grandes almacenes, la Europa del mercado y la de los mercaderes. El tiempo y sus circunstancias lo transformaron en un hombre que se desnudaba lentamente, que se iba convirtiendo en una idea, antes que en una época floreciente.
Europa fue una diosa sensible y pagana, clásica y moderna, viajera y revolucionaria, como dice un amigo mío, cobijada bajo la tiranía de la democracia. Y después de dos guerras mundiales, Europa es la Unión Europea, lejana, fría, burocrática, diabólicamente ineficiente, según las palabras de FG. Me cuenta un colega que Europa es una trampa, una farsa. Le digo que eso mismo es lo que anuncia Felipe si no ponemos a funcionar Europa. Tras las elecciones al Parlamento europeo y la firma del Tratado de Lisboa, Europa ya tiene presidente, pero no es FG, quizá porque ya en su vejez, cansado y olvidado, sólo pretendía escapar de Europa, refugiándose en la melancolía.