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Partido del siglo en el TC

La sentencia del Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña y el encuentro entre el Barcelona y el Madrid

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JOSÉ MANUEL PONTE Tenemos en perspectiva dos acontecimientos de gran relevancia. La sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña y el partido de fútbol entre el Barcelona y el Real Madrid. Por supuesto, dejo a criterio de cada lector la apreciación sobre la mayor importancia de uno u otro suceso, porque tanto en el fútbol como en la política el factor pasional y partidario nubla pasajeramente el entendimiento.

Indudablemente, la sentencia es un hecho históricamente más novedoso, ya que es la primera vez que el Tribunal Constitucional toma cartas en el asunto. Y como su decisión es inapelable, corremos el riesgo -según dicen los que temen un fallo desfavorable a sus intereses- de que la dinámica política posterior nos conduzca a un callejón sin salida. Una circunstancia muy habitual en un país con un trazado urbano abundante en angosturas, recovecos y estrecheces. En cambio, el partido de fútbol se repite todos los años dos veces en la competición de Liga, y cada vez que ese hecho rutinario sucede se lo califica como el «partido del siglo», transmitiendo con ello la idea de que se ha producido una aceleración histórica del tiempo y el espacio que ni Einstein sabría explicar.

Que en el corto espacio de una semana coincidan el debate sobre la «sentencia del siglo» y el «partido del siglo» es una circunstancia anómala que no sabemos cómo nos afectará, igual que ocurre con las conjunciones planetarias excepcionales y con los eclipses de sol.

La historia del Estatuto catalán es conocida. A don Pascual Maragall, cuando era presidente de la Generalitat y aún no había declarado padecer un principio de Alzheimer, se le ocurrió lanzar la iniciativa de reformar el Estatuto catalán ampliando sus competencias desde el vago e inconcreto concepto de «nacionalidad» hasta el igualmente vago e inconcreto concepto de «nación». Todos los partidos catalanes, incluido el PP, que dirigía Josep Piqué, se lanzaron a la tarea y produjeron una caudalosa abundancia de propuestas legislativas sobre cualquier tipo de actividad humana.

Aquello más que un Estatuto era un reglamento sobre actividades diversas, pero el señor Zapatero, que era entonces el líder de la oposición, declaró que apoyaría cualquier texto que saliese del Parlamento catalán. Por supuesto, al llegar al Gobierno se arrepintió de lo que había prometido y cuando el texto llegó al Congreso dio orden de cepillarlo convenientemente y pactó su aprobación definitiva con los nacionalistas de CiU en vez de con los nacionalistas del tripartito que gobernaba en Cataluña.

Para complicar más las cosas, el PP nacional (quiero decir el que tiene su sede en la madrileña calle Génova) recurrió el Estatuto ante el Tribunal Constitucional, una institución cuya renovación había bloqueado al disponer de una mayoría raspada de magistrados supuestamente afines a sus tesis. El Estatuto recurrido es un texto ambiguo, equívoco y en muchos casos verdaderamente infumable, pero la Constitución que lo justifica es de parecidas características, porque permite esto y lo contrario, y debe ser objeto de continua interpretación.

Desconozco si, como anticipa la prensa, la «sentencia del siglo» llegará a provocar tensiones políticas insufribles para la nación española y para lo que quede de la nación catalana. En cualquier caso, es un resultado que me importa tan poco como el del «partido del siglo», esa pesadez que se repite todos los años. Si por mí fuera, obligaría a que se repitiese todas las semanas hasta que se produjese la definitiva saturación y el aborrecimiento colectivo. He sabido, con horror, que una cadena de televisión va a dedicar veinte horas de programación a preparar el evento. No me extrañaría que fuese por orden de Zapatero. Para contrarrestar.

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