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Clave de sol

Pensar no cuesta nada

n Los seres humanos somos lo que sea nuestro propio cerebro

 
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Pensar no cuesta nada
Pensar no cuesta nada  

ESTEBAN GRECIET Hay mucha gente interesada en pensar por nosotros, en política, en religión, en economía, en cultura y en todo lo demás. Lo ha dicho el otro día un veterano creador publicitario, Joaquín Lorente, autor de un libro sobre la importancia del pensamiento, que ha dado una curiosa conferencia en el ovetense hotel de la Reconquista con el parabólico título «Si no despertamos en la utopía, despertaremos en la realidad».

Sostiene Lorente que, básicamente, el ser humano «es un cerebro del cual cuelga un cuerpo». Somos, pues, lo que sea nuestro propio cerebro. Y si esto es así como parece, y yo no pongo en duda, lo sustancial de nuestra vida será ese disco duro en el que está la clave de nuestra identidad, almacén de nuestra experiencia vital, fábrica de nuestros pensamientos y centro de toma de decisiones.

Pensar es lo que importa y aquello que a los humanos nos distingue en la escala animal; que, al menos por ahora, ocupamos en la cumbre, como buenos mamíferos superiores. Por supuesto, si es que no nos la arrebatan los chimpancés beneficiarios del Proyecto Gran Simio, auspiciado por cierta izquierda que hoy está ayuna, la pobre, de verdaderos objetivos sociales que llevarse al programa.

Hace algunos años -y solicito disculpa por citarme a mí mismo- publicaban estas columnas uno de mis artículos en el que me preguntaba «cuándo piensan los políticos», tan ocupados como están con sus idas y venidas, con sus viajes y sus actos, con sus inquietudes, más por conseguir votos que por defender ideas.

Y es que, o aquí no piensa casi nadie o bien, seguramente, quienes nos rigen ya lo tienen todo pensado, o, en otro caso, intuido, como ese prodigio de improvisaciones surgidas de un manojo de resentimientos, prejuicios y repentes que atiende por José Luis Rodríguez Zapatero.

La existencia presupone el pensamiento, según el aforismo cartesiano. Pensar antes de actuar es lo razonable y lo conveniente; lo necesario, diría yo. Pero, según el señor Lorente, no es algo tan común como podemos creer.

Cuando el referéndum sobre la estrambótica Constitución europea, «Los Del Río» (autores del mundial «Dale a tu cuerpo alegría, Macarena») animaban a votar afirmativamente, no porque ellos hubieran pensado sobre el particular, previa lectura del texto -sería pedir demasiado-, sino porque así lo recomendaban quienes sabían más que nosotros (!).

Pensar es lo más humano, el gran potencial de nuestra personalidad, la facultad indispensable para navegar por la vida. Con el pensamiento desarrollamos nuestra capacidad de abstracción, cruzamos nuestras informaciones, anticipamos nuevas realidades que intuimos, como el pescador que lanza lejos su anzuelo cuando imagina que hay pesca en el centro del río.

Ocurre, sin embargo, que vivimos una época en la que, en vez de «que inventen ellos» es como si dijéramos «que piensen ellos». La ciencia y la tecnología avanzan y nos hacen la vida más fácil, mientras que a los políticos parece que sólo les preocupa el poder, y los demás, por lo general, nos dejamos llevar por la pereza mental de poner en tela de juicio aquello que otros nos dan hecho.

Ya ni siquiera se suele buscar la intimidad y el silencio para, al menos, enfrentarse uno consigo mismo, como apuntaba Lope en su «Dorotea»: «A mis soledades voy, / de mis soledades vengo, / porque para estar conmigo / me bastan mis pensamientos...».

Y es que resulta más cómodo dejarse llevar por el aturdimiento de la hora, «metiéndose» sonidos, imágenes, consignas, bebidas, sensaciones, placeres y humos, que esforzarse en una reflexión que se traduzca en hechos positivos. El neurofisiólogo Álvaro Pascual asegura que el cerebro se actualiza con cada pensamiento. Cajal decía que la voluntad esculpe el cerebro.

Si bien se mira, tiene razón el profesor Lorente cuando afirma que pensar es gratis. Y, sin embargo, toda la complicada maquinaria de nuestro organismo parece orientada a mantener activa esa infrautilizada torre de control, ese valioso puesto de mando de nuestra conducta, hoy algo adormecido por el «Big Brother» que piensa por nosotros.

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