JOSÉ DE ARANGO
Cuando se puso en marcha la concentración escolar y quedaron cerradas las escuelas de pueblo hubo sorpresa, indignación y protestas tímidas, porque no eran tiempos en los que se permitía gritar mucho al personal ante el desaguisado que suponía que los autobuses de los niños no pudiesen ser utilizados por esporádicos viajeros del pueblo que tenían que ir a hacer un recado. Durante décadas el transporte escolar fue, en las áreas rurales asturianas, únicamente eso, llevar y traer a los niños a la escuela. El conductor, aunque fuese muy amigo, podía encontrarte caminando por la carretera y no podía recogerte. Era la norma. Era la ley. Era el reglamento. Era lo establecido por los políticos de Educación y quien no estuviese conforme que llamase un taxi. Ellos, los políticos, ya en aquellos tiempos viajaban en coche con chófer y aire acondicionado.
Pero parece que los sesenta asesores que dicen tiene el actual consejero de Educación están sirviendo para algo positivo, porque la decisión adoptada en el presente curso escolar permite, después de décadas de machacona insistencia en el error inicial, que el autobús que recoge a los escolares en el pueblo pueda también llevar viajeros adultos. Y no se comentó aquí esta circunstancia en septiembre, cuando los escolinos estrenaron curso, porque había que esperar, prudentemente, a conocer los resultados de una decisión de la Consejería que bien pudo adoptar cuando se reconoció el error inicial. Y, naturalmente, no ha pasado nada. Los niños viajan en el autobús con los mayores, que es algo así como una continuidad de la vida familiar. Y es que la pregunta estuvo desde siempre muy clara: ¿con quién viven los niños? Con los adultos. Pues eso. Bastaría razonar sobre esa circunstancia para no estar años y años con un autobús en cada línea sólo para los niños, mientras que los adultos tenían que buscarse la vida si no era día de mercado.
Es una auténtica pasada, como diría cualquiera de los alumnos actuales, ver el autobús que tiene su origen histórico en la camioneta de Mallecina pasar por los pueblos y cuando Juan Carlos el de Sobrepasco, Manolín el de Priero y el mismo Luis Fernando Rubio, que es el empresario -y currante, claro-, te ven en actitud viajera al lado de la cuneta se paran, te recogen, te sientas, echas una parrafada sin molestar al conductor y saludas al mismo tiempo a los niños que conoces y que son casi todos. Y terminan pidiéndote que organices otro partido de fútbol para las fiestas, «pero con el campo pintado, que no pase como este año». Todo eso, hasta ahora, estaba prohibido. En todos los concejos del área rural asturiana. Y hasta podía ocurrir que el autobús escolar circulase con muchos asientos vacíos y el aspirante a viajero, adulto por supuesto, se quedaba al borde de la carretera vestido con el traje de los domingos. Pero aquí no ha pasado nada. Bueno, sí, han pasado muchos años tropezando en la misma piedra.
El transporte escolar es la tabla de salvación a la que se han aferrado muchas empresas de autobuses de nuestras comarcas rurales. Cuando llegó el utilitario a debajo de cada hórreo la camioneta de Mallecina tuvo que reducir servicios que tenía semanales y quedarse únicamente con lo que daba para ir tirando, que es el mercado de los martes en Salas y el de los jueves en Pravia. Pero lo que está sucediendo con los mercados en las villas tiene el mismo ritmo que la despoblación rural. Están en un total declive. Y sólo viajan los jubilados el primer martes o jueves de mes para cobrar parte de la pensión y dejar el resto en el banco? por lo que pueda pasar.
La camioneta de Mallecina, que tiene una historia de libro, perteneció, en la posguerra, a la familia de Los Carallos. Y por eso se llamó La Caralla. Eran tiempos en los que tenía que llevar un camión inmediatamente detrás de ella para cargar las patatas, las fabas y todo lo que se llevaba al mercado. Tenía aquella camioneta de Mallecina asientos de madera en el techo a los que se subía por una escalerina. Y allí viajaban los hombres que con mucha educación, que incluso habían ido poco a la escuela, pero tenían sentido de la solidaridad, dejaban los asientos del interior para las señoras y los niños. La empresa de La Caralla fue adquirida por Andrés Rubio, que incluso recibió premios a nivel nacional por su capacidad empresarial, y supo invertir en una flota moderna que ahora regenta su hijo, Luis Fernando, a quien el otro día se le ha concedido un galardón muy modesto pero tremendamente significativo que se llama «Maíces de plata». Y lo es porque está otorgado precisamente por los usuarios antiguos de la camioneta de Mallecina y por los actuales, donde afortunadamente ya viajan juntos los niños y los adultos. Justamente lo que se llevaba esperando desde hace muchos años.
No ha tenido que ser fácil salvar una empresa de pueblo como la que se derivó de la camioneta de Mallecina. Algunas, en otras comarcas, desaparecieron como sucedió con el famoso Correo de Villavaler de Pravia, mitad para viajeros y la otra mitad para mercancías con la valija de la correspondencia colgada de un clavo. Pero en el caso de la actual Autos Mallecina hubo una entrega, una vocación, un afán de servicio a la comunidad que es de vital importancia para la vida de los pueblos. Y ahora, como decía Isidro Carallo, al cerrar la puerta de aquella vieja camioneta, dando la orden al prudente, veterano y experto conductor de La Carril? ¡váaaaaaamonos? Manolo! Buen viaje a todos.