FRANCISCO SÁNCHEZ
Estos días los catalanes piensan, ante todo, en su dignidad; conviene que se sepa».
Tan contundente frase es una de las muchas perlas que engalanan el rosario de grandilocuencias del famoso editorial conjunto de doce periódicos y tres emisoras de radio de Cataluña, inmediatamente jaleado por los políticos, empresarios, sindicalistas y otras mamandurrias de por allí, charnegos de postín incluidos, como Montilla.
Parece muy oportuno ese editorial y que, además, se publique en tantos medios, porque la noticia es extraordinaria. Naturalmente que es muy conveniente que se sepa cosa semejante. Es que no es fácil imaginar una situación así si no es advertida en un foro tan grandioso.
¿A quién se le hubiera podido ocurrir que todos los catalanes anduvieran estos días dándole vueltas al coco con el asunto de su dignidad? Ahora que nos lo han dicho, bien se ve que la cosa es grave, pues parece ser que los catalanes, ante todo, piensan en su dignidad. Ni comer, ni dormir, ni la pela -que ya es decir-, ni cómo andan los chiquillos en el colegio, ni nada. Lo primero en que piensan, nada más despertarse por la mañana, es en la dignidad. Y no te digo nada durante el resto del día.
Naturalmente, como todos los catalanes no hacen otra cosa más que pensar en su dignidad, pues resulta evidente que se trata de la dignidad de Cataluña, que es como se titula el editorial. Así que resulta que en Cataluña hay un solo pensamiento, coincidente y monolítico, al menos en estos días. No hay ni un miserable discrepante que anteponga el pensamiento de, por ejemplo, comer una buena «escudella de galets amb carn d'olla» al de su dignidad. Cataluña es, por tanto, una unidad de destino en lo universal, como diría José Antonio Primo de Rivera.
Y ahí es a donde se llega con tantas unanimidades en el pensamiento y, especialmente, cuando se trata de la dignidad colectiva de todo un pueblo, una nación o lo que sea. Es el pensamiento único y, además, sobre valores abstractos, que es una mentecatez. Un pueblo o cualquier otro colectivo no puede ser digno ni indigno, porque eso sólo es predicable de las personas. Pero sí puede ocurrir que la mayoría -nunca todos- acabe con la mente cautiva pensando en tales entelequias, que no sería la primera vez. Y ése es el peligro.
Así llegó Hitler al poder a través de las urnas, defendiendo la dignidad de Alemania. La mayoría fue arrobada y lo que vino después, con tanta dignidad, es trágicamente conocido. Ah, y Hitler no era alemán, sino austriaco. Como el honorable Montilla, que no es catalán, que es de Córdoba, ¡oé!