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Juguetería

n Los juguetes pueden ser la cosa más triste del mundo

 
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Juguetería
Juguetería  

CARMEN GÓMEZ OJEA Llega el tiempo de los turrones, de los frutos secos, de las calefacciones infernales que prescriben ventanas abiertas, aire frío y abanicos, para los atechados, claro, no para los que viven a la intemperie y pasan frío; y es también la época de los juguetes nuevos, los juguetes para regalarles a quienes pisan un suelo doméstico limpio y alfombrado y no tienen por casa la calle. Y están aquí ya otra vez esos días, en que no sólo en el mundo infantil que ignora el hambre se piden castillos, disfraces de mosqueteros y trajes de princesa del reino de Disney, sino que también adultos juguetones apetecen y desean renovar su particular juguetería. Así, hay muchos que siguen coleccionando coches en miniatura, teatrillos de guiñol, ositos de peluche, casitas de muñecas o soldados de las dos grandes guerras mundiales.

Pero lo más novedoso para las actuales celebraciones de Navidad, Año Nuevo y Reyes Magos son, en cuestión juguetera impactante y, podría decirse sin hipérboles, también del todo sobrecogedora, unos productos anunciados asaz -un viejo adverbio que me chifla y prefiero a bastante- tímidamente y casi, casi de una manera semiclandestina. Se trata de unas reproducciones, realizadas con sabiduría perversa, de bebés que nada tienen que ver con aquellas «muñecas repollo», que se prohijaban, se les ponía nombre y apellidos y todo ello constaba en un certificado de adopción sellado por la «casa cuna» en la que se fabricaban, ni ofrecen tampoco parecido con esos otros animales de compañía, mitad juguete, mitad máquina, destinados a cuantos no tienen tiempo de llevar a un perro de verdad al veterinario, porque éstos nunca se enferman ni hay que sacarlos de paseo ni ir a comprarles comida y, para mayor abundamiento de virtudes, son cariñosos, tiernos, agradecen las caricias y, además, su oferta es tan variada que cualquiera puede encontrar su mascota preferida, da igual que se trate de un dinosaurio que de un mirlo blanco.

Pero los bebés en cuestión, que lloran con un llanto desconsolado de dolor y de tortura, y babean y echan moquitos y extienden los brazos para que los acojan y los mezan y les canten y, entonces, sonríen y dan besos y su piel se vuelve cálida, a temperatura de un mamífero sano, tienen en su expresión algo extraordinario, anormal, de otro mundo, que produce repelús y miedo. No parecen destinados para que las niñas y los niños jueguen ni para ser adquiridos en jugueterías, porque Pocoyó, Caillou, Winnie the Pooh y demás pandilla huirían sin duda espantados de semejante diabólica compañía, sino más bien para venderse en tiendas de juguetes sexuales, para juegos secretos de pederastas.

En cambio, las nuevas muñecas destinadas a machos heterosexuales tímidos y decididamente misóginos, y que ya no exigen el esfuerzo de hincharlas, se anuncian en revistas, en la sección de posibles y selectos obsequios navideños. Son clones perfectos de los ídolos femeninos que oficialmente ocupan el panteón sexual de los hombres muy hombres alfa; objetos muy cálidos, pasivos, que pueden convertirse en hiperactivos obedeciendo órdenes del amo o mostrarse sumisos, complacientes, silenciosos, siempre callados, a no ser que se les programe para emitir suspiros y quejiditos y susurrar muy vulgares y excitantes procacidades burdelescas.

Cuentan, por supuesto, con un fantástico trousseau de lencería refina y toda una zapatería, donde abundan los tacones de largas agujas y, como las «mascotas robots», no piden ni exigen nada, limitándose a ser las esclavas sexuales de ricos apocados, maltratadores de mujeres reprimidos y metidos en el armario, que admiran deslumbrados y envidiosos a quien es capaz de pararle no sólo los pies, sino el corazón y la vida a su pareja. Los pobrecitos deben resignarse a pegarle palizas y puñetazos a una muñeca que, aunque, como ocurre con las de gama más alta, llore y gima e incluso sangre, no sufre y no muere, pero, eso sí, tiene la ventaja de que puede bajársele el volumen de voz para impedir que alguien oiga sus lamentos, llame a la Policía y los metan en un lío. Los juguetes pueden ser las cosas más tristes del mundo.

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