JAVIER NEIRA
El nieto de aquel motorista que empleaba el general Franco para cesar a sus subordinados sigue en el oficio tradicional de la familia.
Me explico, estos días están llegando cartas a médicos asturianos -algunos con cuarenta años de servicio y en el nivel profesional más alto- en las que se les comunica que en 15 días a partir de la publicación en el BOPA «se le declarará jubilado, perdiendo, consecuentemente, desde dicha fecha, la condición de personal estatutario y causando baja a todos los efectos en el Servicio de Salud del Principado de Asturias».
Una bonita felicitación de Navidad. Todo el mundo sabe de plazos y fechas, pero también aquellos ministros eran conscientes de su caducidad inevitable y, a fin de cuentas, todos vamos a morir, aunque ignoremos el día y la hora, lo que no justifica que -ya que hablo de médicos- si a alguien se le hace un análisis o una prueba diagnóstica con resultados muy preocupantes, sin más se le envíe a casa una carta certificada en la que, por ejemplo, se diga: «A usted le quedan cuatro meses de vida, así que diríjase sin dilación a la funeraria y...».
El estilo lo es todo. Además, nadie trabaja por un sueldo. Quiero decir, sólo por un sueldo. Y si existe ese caso límite se trata sin duda de una persona profundamente amargada y con un rendimiento bajísimo. La autoestima, que está en función de la consideración que nos otorgan quienes nos rodean, es clave. Ni que decir tiene en el caso de un médico, en el que entre volcarse en el trabajo vocacionalmente -y, por lo tanto, recompensado por su entorno- o simplemente cumplir con protocolos hay un abismo, prácticamente el que va de curar enfermos a ser perfectamente inútil.
Menudo mensaje está lanzado el Gobierno a los miles de empleados de la sanidad pública asturiana: no son más que una sombra ligada a un expediente administrativo, que, como el gastado neumático de una moto, a partir de determinados kilómetros pasa al desguace.