ESTHER ESTEBAN
Hace poco leí el libro de Antonio Gil Ambrona «Historia de la violencia contra las mujeres». En él se hace un retrato cronológico de cómo desde los antecedentes de la dominación Romana de la península Ibérica hasta la sociedad española de este siglo la violencia machista ejercida contra las mujeres ha encontrado justificaciones o se ha ido camuflando o reajustando a cada momento histórico en función de las circunstancias políticas, económicas, sociales o religiosas de la época. Tal vez mirar al pasado nos puede dar muchas claves para no cometer los mismos errores en el futuro, pero también nos deja un sabor amargo comprobar cómo aunque hayan pasado los siglos los problemas y algunos tipos de delitos repugnantes siguen presentes y vigentes.
En el libro se aborda con detalle cómo desde la Edad Media el terrible asunto de la violación se ha tratado de camuflar de muy diversas maneras. Se cita, por ejemplo, cómo en el «Libro de Apolonio» -que data de 1250- se narra el incesto de un rey llamado Antioco con su hija, a la que viola desde niña, lo que sume a la pequeña en tal estado de confusión que termina consolándose atribuyendo su desgracia a la desprotección divina.
He recordado ese capítulo al leer el terrible caso de la pequeña Aitana, que con tan sólo tres años ha fallecido tras ser supuestamente violada y apaleada por el novio de su madre, un joven de 25 años. Aunque los hechos en torno a este asesinato aún no se han esclarecido, estremece pensar a qué grado de perversión puede llegar un ser humano, qué grado de maldad puede encerrarse tras un hombre para matar a palos a una pequeña de forma tan cruel y despiadada.
Tatiana ha dejado este mundo de la peor de las maneras posibles, porque ha conocido en carne propia al mismísimo diablo y ha sufrido en su frágil cuerpecito las torturas más atroces. Su cuerpo presentaba lesiones y quemaduras que hacían evidente que su verdugo era un hombre sin piedad cuando el bárbaro la llevó al hospital, ya en parada cardiorrespiratoria. No se podía hacer nada para darle un soplo de vida, porque tal vez ella ya no quería seguir viviendo así. Si cualquier tipo de agresión es repugnante e intolerable, la ejercida contra los niños indefensos, a los que se les arranca la inocencia a base de palos y vejaciones, debe ser un aldabonazo en la conciencia de una sociedad que en pleno siglo XXI repite los esquemas del siglo XIII. La única diferencia entre la hija violada de Antioco y la pequeña Tatiana es que la primera vivió para contarlo, aunque no supo encontrar una explicación a la maldad de su padre, y Tatiana no ha tenido ni siquiera la oportunidad de poder contar esa terrible pesadilla, de la ya no despertara. ¡Descansa en paz, pequeña! Ojalá ahora se haga justicia y todo el peso de la ley caiga sobre el monstruo inhumano que te apaleó y ultrajó. Casos así te hacen recordar inevitablemente el famoso ojo por ojo.