CARLOS
ÁLVAREZ-NOVOA
ACTOR
Apunto de finalizar este año 2009 en el que se cumple el primer centenario de la muerte de Alejandro Sawa, el gran bohemio y, quizás, el naturalista más ortodoxo entre los novelistas españoles, pocos son los actos que en nuestro país se han organizado en su recuerdo. Aparte de una placa en su casa natal en Sevilla, alguna publicación -la más valiosa, la biografía de la profesora granadina Amelina Correa-, la reedición de «Iluminaciones en la sombra» y el recuerdo en el recorrido madrileño, «La noche de Max Estrella», organizado por Ignacio Amestoy y Luis Araújo, poco más hay que reseñar. Y, sobre todo, la gran ausencia es la puesta en escena de «Luces de bohemia», obra cumbre en la historia del teatro español, en la que Valle-Inclán dio fama a Alejandro Sawa recreándole en el personaje de Max Estrella. Tanto el Centro Andaluz de Teatro (CAT) como el Centro Dramático Nacional (CDN) hablaron de llevar a cabo ese montaje, pero la idea, de momento, se está quedando en un proyecto bienintencionado.
Al recordarle hoy, desde mi situación de asturiano que desde hace muchos años vive lejos de su tierra, y que gracias a iniciativas como la asociación «Langreanos en el mundo» sigo conectado a ella, al empezar mi artículo la primera idea que me vino a la cabeza cuando decidí escribir sobre él, fue su condición continua de emigrante sin tierra, incluso, como contaré, sin la del reposo que podría darle en su desaparecida tumba.
Mi compromiso con Sawa arranca de mi licenciatura, en la Facultad de Filosofía y Letras de la vieja Universidad de Oviedo, que concluí con la tesina dirigida por el catedrático don José María Martínez Cachero -a quien tanto estimo desde que fue mi primer profesor de Literatura en el colegio Auseva de los Maristas, cuando aún estaban en la calle Santa Susana-, «Sondeo en Luces de bohemia», editada en la Universidad de Sevilla y que sirvió de arranque para mi tesis doctoral, con el título «La noche de Max Estrella» (publicada en la Editorial Octaedro, Barcelona, 2000). Pero además, y, quizás en mi relación con Alejandro Sawa, lo más importante: cada actor, cada actriz, a lo largo de su carrera ha interpretado un personaje que le marca para toda la vida; en mi caso, aunque el Vecino de la película «Solas», de Benito Zambrano, es el que más popularidad me ha otorgado, el papel de mi vida fue el Max Estrella que interpreté entre los años 1981 y 1983. La obra se estrenó en el mes de octubre; días antes -el 30 de septiembre del 81- había muerto mi padre, el magistrado Carlos Álvarez-Novoa. En el estreno, en el teatro Lope de Vega de Sevilla, mi acto más generoso con el teatro fue ofrecer esa muerte interpretando la de Max Estrella.
Y dicho lo anterior, como si fueran mis títulos de crédito, escribo hoy sobre el desarraigo de Alejandro Sawa. Manuel Machado le dedicó un epitafio que podría estar sobre la tumba de Max Estrella, en aquellas famosas sextinas que comenzaban: «Jamás hombre más nacido / para el placer, fue al dolor/ más derecho. / Jamás ninguno ha caído / con facha de vencedor/ tan deshecho?
Sawa, aunque equivocadamente se repite que era natural de Málaga, donde se crió (así aparece el error, aparte de en varios comentaristas de su obra, por ejemplo, en la Gran Enciclopedia Larousse), nació en 1862 en Sevilla, hijo de un comerciante de origen griego -el abuelo de Sawa era de Esmirna-, nacido en Carmona, a los pocos meses comienza su trashumancia: con su familia, primera emigración, irá a vivir a Málaga. Después empezará a estudiar la carrera de Derecho, que pronto abandonará, en Granada (1877-78). Y con menos de 20 años se trasladará a Madrid con la ilusión de alcanzar sus sueños de escritor; diez años de bohemia y desencantos, que concluirán en el año 89 con la búsqueda en París de lo que en Madrid no encuentra. Quizá fueron los seis que pasó en París los únicos felices de su vida, que terminaron con la necesidad de volver a Madrid por razones de supervivencia, en donde su salud se irá deteriorando durante los últimos cuatro años de su vida.
Y cuando le llegó su último momento, aquel 3 de marzo de 1909, que de forma tan distinta relatan Valle-Inclán en la muerte de Max Estrella (en «Luces de bohemia») y Pío Baroja en la de Rafael Villasús (en «El árbol de la Ciencia»), después de haber sido enterrado, su trashumancia no concluyó. En la búsqueda infructuosa que realicé para localizar su tumba, después de mil peripecias que cuento en el libro citado, pude descubrir algo como una burla, una última deformación esperpéntica: Sawa no aparecía inscrito en el registro general del cementerio de la Almudena, pero sí en el del cementerio civil, aunque con el apellido cambiado. En una cuidadosa caligrafía que no se me permitió fotocopiar ni fotografiar, en lugar de SAWA puede leerse Alejandro SARRA, enterrado el día 4 de marzo. Buscando las referencias de la tumba (zona -A- manzana -9- cuartel -4- letra -D- cuerpo -5-), un sepulturero me explicó que quienes no tenían dinero para comprar una tumba a perpetuidad eran enterrados por tercera temporal, manteniéndose en su tumba once años. Transcurrido este tiempo, los cuerpos eran trasladados a la fosa común. El de Sawa, sus restos, ya no estaba allí, pero tampoco la tumba que lo acogió, pues al ampliarse el cementerio, después de la Guerra Civil, los enterramientos situados cerca del muro antiguo, es decir, los más alejados del centro, fueron desplazados, más lejos aún, hasta el muro moderno. La sepultura que hemos encontrado, no sólo no contiene el cuerpo de quien busco -un muerto enterrado con un apellido distinto del suyo-, sino que, además, ni siquiera la tumba está situada donde antes estaba (la numeración actual es la A-23).
Al salir del cementerio me vinieron a la cabeza, mejor o peor recordadas, aquellas palabras de Rubén Darío en las que habla de la noche de la muerte con las que concluye su prólogo a «Iluminaciones en la sombra»: «Por fin se hundió en la eterna noche, en la noche de las noches. Ha tiempo descansa. Bonne nuit, pauvre et cher Alexandre».
¡Qué noche tan oscura la de la mala estrella de Alejandro Sawa! Nuestro recuerdo, cien años después de su muerte.