LADISLAO DE ARRIBA
Creo que los montañeros asturianos se muestran disconformes con la tasa que el Principado pretende establecer en el salvamento de alpinistas, senderistas y esquiadores. Tengo la certeza de que tanto gobernantes como deportistas tienen sus razones para defender sus respectivos puntos de vista y no voy a intervenir en la polémica.
Pero sí quisiera que lo que se acordara se hiciese extensivo a los deportes náuticos. Hace años sentado en la Punta de los Conejos con mi buen amigo, deportista de amplia gama (basket, natación, vela y motonáutica) José Luis Fernández Guerra, vimos salir de la dársena una motora de plástico con un cargamento de chiquillos a los que llevaba a «salear» un nuevo rico de titularidad recién adquirida, pero ayuno de todo conocimiento sobre mares y vientos.
José Guerra, a la sazón comodoro del Club de Regatas, dijo a Manolo «El Calafate»: «Ya verás como vamos a tener que salir a buscarlos».
El semblante que presentaba la mar no era propicio para excursionistas infantiles y poco después de cruzar la barra, roló el viento, se ennegreció el cielo y se encabronó la cantábrica mar y hubieron de salir al rescate de los despavoridos niños y del estúpido novel navegante.
Con la mar y la montaña hay que ser muy prudente y contar con muchos conocimientos para intentar intrepideces. Por aquel tiempo y en circunstancias desfavorables hubo de salir un helicóptero a socorrer a unos alpinistas en los Picos de Europa. Una racha de viento huracanado lo estrelló contra las paredes calizas y murió toda la tripulación.
Todo salvamento tiene un riesgo y un coste. No solamente en euros, sino también en vidas humanas. La osadía y la intrepidez no suelen resultar baratas.