ESTEBAN GRECIET
El día 20 de agosto pasado se refería este plumilla en el periódico a don Jesús Sanz, a la sazón obispo de Huesca y Jaca, como el más idóneo para ocupar la silla archiepiscopal ovetense, y decía lo siguiente: «Infatigable, buen gestor, de excelente talante y tan componedor que ha sido designado por la Santa Sede para suceder (con buen pie) a don Fernando Sebastián en el complicado caso de Lumen Dei? Por éste me inclino».
Días más tarde, al escribir «del prelado que venga», insistía sobre monseñor Sanz al comentar: «No deja de ser curioso que la última edición de "Esta Hora", órgano quincenal del Arzobispado, incluya un destacado comentario de don Jesús Sanz, obispo de Huesca»? ¿Por qué?
Quiero decir que, como a veces ocurre con los aparcamientos callejeros, «yo lo vi primero». Doy fe de que no tengo línea directa con la Conferencia Episcopal, ni mucho menos con la Nunciatura, pero sí conservo todavía (estoy tocando madera) cierta capacidad de raciocinio.
Desde que fue conocido el nuevo destino de don Carlos Osoro en Valencia se habían aventurado en la prensa unos cuantos nombres como posibles candidatos a la mitra asturiana que, como en una carrera, adelantaban unos a otros según el momento. El de monseñor Sanz no apareció hasta más tarde. Quien los hubiera citado a todos en las especulaciones periodísticas previas siempre podría afirmar: «Ya lo decía yo».
Uno no es «episcopólogo», sino sólo un mal cristiano viejo de infantería que aspira a seguir empleando un rato más el sentido común. En este caso, había que barajar las distintas variables: sedes vacantes, sus requerimientos, perfiles de los candidatos y combinaciones posibles, que no eran muchas.
Considerando luego las características de la Iglesia asturiana y los problemas apuntados para el Sínodo en marcha (vocaciones, juventud, vida, familia, crisis?), sólo quedaba establecer la personalidad adecuada del «aspirante», origen, edad, historial, talante, hechos y actitudes frente a las cuestiones que preocupan aquí. Cosa parecida a una ecuación de primer grado con una incógnita. Despejada ésta, a mí me salía: equis igual a obispo de Huesca.
Y así fue. Le faltó tiempo a algún clérigo protestón para tachar al nuevo prelado de autoritario, después de confesar que no le conoce más que por referencias. Sin duda, algunos grupos del habitual «¿de qué se trata, que me opongo?» le reservarán más de un incordio.
Sabemos que monseñor Sanz es dialogante, pero firme, con las ideas muy claras, defensor de la vida del niño no nacido, como no podía ser de otro modo: que es un excelente comunicador y nada partidario de instalarse en la dificultad ni de administrar crisis, sino de abrir puertas y buscar soluciones. En Huesca, parece haberlo conseguido, y con Lumen Dei, donde fue bien recibido, está en camino de ello.
Al fin y al cabo, una etimología de andar por casa nos dice que «episcopus» vale aproximadamente por «el que ve por encima de los demás». Y si es «archi», ni te cuento. Don Jesús Sanz, un obispo aún joven, encontrará en Asturias retos, desafíos y dificultades, porque ésta es una tierra arriscada, pero, además de buen montañero, dice tener anchas espaldas. Y en las entrevistas de prensa hace gala de un humor envidiable. Falta le hará.