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Volverás a León

Una provincia con la mitad de habitantes que sabe organizar actos literarios

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FRANCISCO GARCÍA PÉREZ Me quedo boquiabierto. Es jueves, son las diez de la mañana, hay 1 grado de temperatura -con su cielo limpísimo, de otoño frío-, día laborable y, sin embargo, unas cincuenta personas se congregan en el recién restaurado palacio del Conde Luna leonés para escucharme lo que tenga que decir sobre el espacio mítico de la Región de Juan Benet (sí, ya saben, ese escritor horrible, pelmazo, cabeza del «sindicato del plomo» literario, aburrido, ilegido e ilegible, y todas las cosas más que quieran excretar sobre él y que excretan nada más oír su nombre los aguerridos militantes antibenetianos, incapaces de leerlo y curiosos propagandistas de esa su minusvalía lectora) y la relación del mismo con León. ¿Cincuenta o más personas para un acto literario en esas condiciones, a esas horas, sobre ese tema? «Tienes que perdonar», se disculpa, encima, Alfonso García, periodista y cabeza visible organizativa de ese IV Congreso internacional de literatura leonesa actual al que asisto. «Se han matriculado unos 350, pero es tan temprano, muchos están trabajando...». Pero, ¿perdonar el qué? Me quedo boquiabierto porque pensaba que asistirían los conserjes y los de la limpieza, tan mal acostumbrado vengo de Asturias, donde para juntar a dos docenas en un acto público y gratuito semejante es preciso casi fletar un minibús y obligar bajo severas amenazas, incluyendo quizás el chantaje, a subirse a él a parientes lejanos, vecinos, deudos y conocidos.

Y eso que aún no me había repuesto de la sorpresa de la noche anterior, cuando, en compañía de profesores amigos, hubo cena? hablando de libros y literatura: de libros que todos los presentes habíamos leído y de la literatura que todos los comensales aún seguíamos gozando. Es decir, no nos habíamos entregado a esas tan populares noches lúdicas, festivas, metasexuales, alcohólicas y psicotrópicas que parecen ser el único objetivo verdadero de muchos de los saraos que en Asturias se organizan bajo el señuelo de la señora Literatura y disparando con pólvora del rey, es decir, con pasta del contribuyente. Bueno, a decir verdad, también despellejamos un poco, pero precisamente a ciertos personajes del mundo literario, a sedicentes escritores de reputación impostada, que se sirven de sus dotes pelotilleras para convencer al incauto con dineros de que son el no va más de la cultura. Por ejemplo, a cierto escribidor que mata por que le inviten a los sitios de relumbrón, es en ellos el más humilde de los hombres para, luego, poner a parir por escrito a todos los que asistieron, a todos? menos a los susceptibles de invitarlo a otra movida cinco estrellas. Por ejemplo, a otro plumífero, descacharrante en su proceder, con una novela de la que no ha conseguido vender más allá de quinientos ejemplares pero que ha contado con docenas de críticas tan elogiosísimas como pesebristas, porque el pollo maneja hilos poderosos, que lo sitúan como un nuevo Cervantes, un Shakespeare redivivo, la madre que lo parió.

Bueno, el caso es que largué lo mío ante tan esforzado y libre auditorio, tuve el honor de charlar con alguno de los asistentes («Mi padre trató a Ridruejo», «Yo conocí a Benet cuando construía el embalse») y abandoné León de vuelta a la Asturias que tiene los premios más relumbrosos de España, pero que nunca ha dado el salto de las comunidades que supieron colocar un buen puñado de escritores en la primera línea de la literatura nacional. ¿Les suena de qué lugar provienen Antonio Pereira (aún sigue vivo, qué caray), Josefina Aldecoa, Julio Llamazares, Juan Pedro Aparicio, Luis Mateo Díez, José María Merino (por adopción), Trapiello, Antonio Colinas o Juan Carlos Mestre, y no sigo? Pues provienen de una provincia con la mitad de habitantes que Asturias; pero de una provincia donde cuidan lo suyo, donde si organizan actos literarios organizan actos literarios, donde quizá no tengan tantas asociaciones de escritores, medioescritores, postescritores y alfaescritores, semanas de color, salones étnicos, puticlubs lírico-épicos y gremios dramáticos (y tan dramáticos); de una provincia donde entienden que si no cuidamos nuestro propio jardín mal va a venir a cuidárnoslo el de enfrente. Hablo de León, a dos horas de tren.

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