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De melancolías y encrucijadas

n 31 años después de la Constitución

 
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De melancolías y encrucijadas
De melancolías y encrucijadas  

LUIS ARIAS ARGÜELLES-MERES Melancólico aniversario de una Constitución que, según encuestas que acaban de publicarse, parte importante de la ciudadanía considera que debe ser reformada. Melancólico aniversario de una Constitución, en el que acabamos de despedir a uno de sus ponentes, Jordi Solé Tura. Melancólico aniversario de una Constitución que vive su mayor encrucijada desde que el pueblo soberano la refrendó en un plebiscito.

¿Cómo es que nadie se ha preguntado por qué no tiene música, no ya un himno que naciera con ella, sino, al menos, una canción que la evoque? «Libertad sin ira», sin entrar en valoraciones estéticas, es anterior a ella, cuando «Diario 16» la quiso lanzar como música de una letra de un rotativo que hizo del descaro estilo. Y, hablando de música, las circunstancias decidieron que en Chile se le haga un funeral a Víctor Jara 36 años después de que fuese asesinado con tanto ensañamiento como cobardía, funeral que coincide con los fastos constitucionales en nuestro país.

De melancolías y encrucijadas. Amanda, la calle mojada, aquellos cinco minutos que nos ponían algo más que nudos en las gargantas. ¿Cómo no recordarla? ¿Cómo no afligirnos e indignarnos al saber que el tirano responsable de todo aquello ni siquiera llegó a sentarse en un banquillo de los acusados con la liturgia de un juicio? Siempre nos quedarán Amanda y sus luminosos cinco minutos, que nos inundan no sólo nuestros ojos.

De melancolías y encrucijadas. Es cierto que, formalmente hablando, la Constitución del 78 representa el período más largo de libertades democráticas en España. No lo es menos que en su transcurso, ya desde su inicio, asistimos a renuncias y renuncios tan indignantes como desoladores.

Y, en cualquier caso, tenemos un problema añadido nada baladí. Alguien tiene que dar respuesta a la encrucijada que en este momento vive España, que vuelve a cuestionarse su vertebración política. Y ese alguien, principalmente la mal llamada clase política, se caracteriza por haber alcanzado el nivel más alto de mediocridad desde la transición política a esta parte. Da miedo que algo tan serio esté en manos de gentes de la envergadura intelectual de Leire Pajín, Pepiño Blanco, doña Soraya, el señor Pons y compañía. Hechuras de grandes estadistas no parecen tener, vive el cielo que no.

¿De verdad es satisfactorio el balance que la ciudadanía puede hacer de unas autonomías que en muchos casos son reinos taifas con un funcionamiento descaradamente caciquil?

Quiere decirse que si se encuentran en tela de juicio los estatutos de las mal llamadas «nacionalidades históricas» (aquí historia la tenemos todos), no lo está menos, aunque el ruido mediático sea mucho menor, el llamado «café para todos», que ya lleva tiempo chirriando.

Armas Marcelo da cuenta de una cena que tuvo lugar en su casa en 1984, a la que asistieron conocidos escritores y críticos, donde el invitado estrella era Adolfo Suárez: «Recuerdo cómo Adolfo Suárez fue explicando, mecanismo a mecanismo, error a error, y pieza a pieza, a un Benet absorto y curioso ante la magia verbal de Suárez (al menos en esa noche la tuvo), las razones de alta política que hicieron necesario ese camino de las autonomías por donde al final se han colado las más excelsas mediocridades de la vida española en la actividad política contemporánea... Clavero Arévalo no había sido más que un instrumento sintáctico de Suárez para cerrar el puzle sorprendente de las autonomías y el mapa de la España política de las décadas posteriores. Suárez dijo que los socialistas mantuvieron la teoría contraria de las autonomías antes del año 80. Eran, recuérdese, federalistas, y, por tanto, todo lo contrario de lo que fueron después: autonomistas. Dijo que el centralismo español era, como todos sabíamos, el responsable máximo de los desequilibrios constantes entre las regiones y las reivindicaciones históricas de los distintos territorios de España. Dijo que todo se había cerrado mal, que España era una gran cicatriz a la que había que intervenir con una cirugía de guantes de seda. Y dijo que la autonomía, en todo caso, era un artefacto que iba a funcionar algunos años, quizá más de los que pensábamos, pero que tal vez habría que refundar en el futuro a España como Estado federal. Depende de las circunstancias y de cómo vayan funcionando las autonomías, no sólo en la política, sino en la mentalidad de la gente, dijo Suárez».

Aquel Adolfo Suárez que rescata en su libro Abel Hernández, que padece la misma enfermedad que el recién fallecido Solé Tura, era consciente de que el modelo con el que se echó a andar podría agotarse, como parece que sucede ahora.

Porque, insisto, aquí el problema no es sólo que los catalanes y vascos no se sientan cómodos con el grado de autonomía que tienen. Aquí el problema es también que la mayor parte de los ciudadanos de otras muchas autonomías manifiestan su hartazgo ante unas políticas que no siempre les garantizan más derechos ni mejores servicios.

Nos toca, pues, a todos debatir aquí y ahora la vertebración política de España. Y aunque, parafraseando a Ángel González, no tengamos ni esperanza ni convencimiento de que se esté a la altura de las circunstancias, es de desear que lo que se vaya a decidir no sume más lastres a las frustraciones de un país que se viene conduciendo por la historia con asignaturas pendientes y con amnesias que, tarde o temprano, acaban por dar acuse de recibo. Y es que la historia, como la vida, no se puede desandar. Por eso conviene que se deje de ir camino de ninguna parte, que es lo mismo que no avanzar desde el punto de partida.

Aquí, siguiendo a Renan, a las glorias comunes y remordimientos que constituyen la historia de una nación, hay que añadir las frustraciones de aquello que Ortega llamó «la posibilidad España». Hay que añadir que, desde la Constitución a esta parte, la izquierda no puso sobre la mesa una idea, un proyecto de España.

Hay que añadir que «el sugestivo proyecto de vida en común» que es una nación, según sentenció el filósofo, está por elaborar, y urge ponerlo en marcha, por mucho que no sea éste el mejor momento, con las lumbreras que tenemos como padres (y madres) de la patria.

De melancolías y encrucijadas. Al menos, como diría Aute, «queda la música».

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