TONI SILVA
Era el más viejo del clan González, una familia de origen leonés (de Redipuertas, cerca de Tarna) asentada en Ribadesella desde finales del siglo XIX, que posee algunos de los negocios más emblemáticos de la villa, como el Gran Hotel del Sella, el hotel Don Pepe o Viveros Delfa. El primero en llegar fue su abuelo Gregorio González, «Gorín», un arriero que hacia 1875 cruzaba el puerto para vender pellejos vino en Ribadesella, tal como se ve en el escudo familiar. Al principio se alojaba en la venta del Puente del Pilar, pero más adelante alquiló un bajo -donde está hoy una agencia de viajes- para poner una casa de vinos y comidas (Casa Delfa), razón por la que trasladó a Ribadesella al resto de su familia. El pilar del negocio era el arte de su hija Delfina -la madre de Goyo- para los fogones; ella ya estaba casada allá con Segundo González y de este matrimonio nacieron Laura, Elena, Goyo, Segundo (hasta aquí todos en Redipuertas), Delfina, Luisa, Pablo, Pepe y la Chata, éstos últimos ya en Ribadesella.
Casa Delfa era también notable por ser el local favorito de los conservadores de su época y de los monárquicos de la II República, lo cual le trajo algunas consecuencias desagradables a Goyo, que ni de joven escondía sus ideas conservadoras. Por esas ideas acabó en 1937 en la cárcel republicana de Cangas de Onís, donde fue a coincidir con el que había sido primer alcalde republicano de Ribadesella, el centrista Ramón Fernández Ruisánchez, que había dejado el puesto en 1936. Nada más verlo allí dentro, Goyo -él mismo me lo contó- le dijo: «Vaya, don Ramón, entró usted en la Alcaldía a hombros y salió a palos». Goyo estuvo preso allí cuatro meses, trabajando en la plantación de árboles en el Repelao de Covadonga (el año anterior habían demolido la ermita de Santa Cruz), y hasta allí caminaban los presos todos los días. A él lo liberaron en junio y se incorporó al Ejército republicano, aunque lo que él quería era pasarse al otro lado. Cerca de Torrelavega se ocultó para esperar a los nacionales, aunque le encontró un destacamento republicano en retirada. Iba al mando un teniente de Ribadesella, Ramón Prieto, hijo del administrador de la marquesa de Argüelles, que le protegió, favor que le devolvió después Goyo amparándolo ante los nacionales, que avanzaban hacia Asturias.
Goyo ya había estado antes 48 horas en la cárcel riosellana por haber participado en un tumulto en el que él y su hermano Segundo defendían al jefe de Acción Popular, que estaba siendo acosado en la Gran Vía por izquierdistas. En esa ocasión lo encarceló su primo Gregorio Fernández, que era alcalde desde 1936 y que acabó exiliado en México, donde triunfó como empresario de confitería. En represalia por su huida, los nacionales encarcelaron -Goyo González lo visitó en el penal de El Coto- a su hermano Pedro Fernández, propietario del bar El Registrín y que nunca se había metido en política.
Goyo González, cuyo ardor se fue serenando con los años, dejó la hostelería en la posguerra, formó una familia y se dedicó a las conservas de pescado y a la venta de carbón en su establecimiento del muelle, que abastecía a las vaporas hasta que llegaron los motores diésel. Para mí ha sido una persona querida y muy valiosa, pues gracias a su increíble memoria he conseguido datos de su época muy difíciles ya de encontrar en otras fuentes. Mantuvo su mente en forma hasta la muerte, que le encontró dormido en su cama, sin sufrimiento. Eso me consuela de su pérdida, aunque ya nunca más podré disfrutar de su charla ni echar mano de su prodigioso «disco duro». Descansa en paz.