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No es bueno que el nombre esté solo

n Conmovía recorrer Gijón en Nochebuena y ver gente en las paradas de taxi esperando lo que no llegaba

 
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No es bueno que el nombre esté solo
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JESÚS DEL CAMPO Martin Sheen está en España. Martin Sheen no se llama Martin Sheen, sino Ramón Gerardo Antonio Estévez. Lo dice el periódico. ¿Por qué es tan importante un nombre? ¿Por qué hay que cambiarse el propio por otro que, al menos teóricamente, suena mejor? ¿Habría podido Martin Sheen ser el protagonista de «Apocalypse Now» de haber conservado su nombre gallego? Lo merecería.

Ahora ha vuelto a sus raíces. Hace años lo hizo Fidel Castro, se acordarán. Visitó Galicia, entre división de opiniones, como cabía esperar. Pero las raíces son las raíces. Ay, aquel retorno de Sean Thornton/John Wayne a la Irlanda de «El hombre tranquilo». Daban ganas de ir allí y tomarse unas cervezas sin puñetazos y con Maureen O'Hara.

John Wayne tampoco se llamaba John Wayne, sino Marion Michael Morrison. Si están pensando que Maureen O'Hara tampoco se llamaba Maureen O'Hara qué quieren que les diga, han acertado. Se llamaba Maureen Fitzsimmons. Y John Ford, que dirigió la peli, se llamaba Sean Aloysius O'Feeney. Se desmoraliza uno al ver la importancia de lo exterior, el talento a secas es poca credencial.

Ahora bien, para ser justos con los políticos hay que reconocerles que, en cuestión de nombres, cada palo aguanta su vela. Imagínense que los tipos que diseñan el slogan de una campaña electoral decidan que un candidato, una candidata, tienen que cambiarse el nombre por otro más guay. Hasta Obama tiene un Hussein por medio.

Moraleja, que el nombre es muy importante. Pasa lo mismo con los títulos de los libros. «La conjura de los necios» es un gran título y un montón de gente adora esa novela; tanta que se diría que no había necios en el mundo cuando su autor decidió quitarse la vida. En realidad, el título está tomado de una frase de Swift: «Cuando aparece un verdadero genio en el mundo, podéis conocerle por esta señal: que todos los necios están en complot contra él». Sabias palabras. Claro que un suicidio, en términos de marketing literario, es tan sexy como cambiarse de nombre: la desgracia irreparable conmueve a todos, quizá a los necios también. En fin, no hablemos de Van Gogh.

Hablando de conmover, no hace falta decir que estamos en fechas conmovedoras. Conmovía, sin ir más lejos, recorrer Gijón en Nochebuena y ver gente en las paradas de taxi esperando lo que no llegaba (buscar uno por teléfono era cosa de audaces a los que, evidentemente, no siempre ayuda la fortuna). Si la peña bebe un poco y las fuerzas del orden se sitúan en puntos estratégicos como hacen a veces, mejor no pensar en las multas: la cuesta de enero sería un Everest. Por cierto, Fidel se llama Fidel Alejandro Castro. Van Gogh se llamaba Vincent Willem van Gogh. Feliz Año.

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