LADISLAO DE ARRIBA
Decía un clásico que no se pueden pescar truchas a bragas enjutas. O sea, que quien quiera peces ha de mojarse el trasero. Los implicados en la batalla urbana entre sportinguistas y sevillistas aducen que es exagerada la multa gubernativa. ¿Qué querían? ¿Pasarlo bien rompiendo escaparates y lunas de automóvil, quemando contenedores y comportarse como hijos del caballo de Atila, sin coste alguno?
¿Qué opina al respecto el vecindario del barrio de La Arena, campo de batalla donde se celebró la contienda? La sanción es tan contundente como violentos fueron los vándalos protagonistas. Algunos parecen creer que el invocar sportinguismo va a ser una atenuante. Como si las luchas entre tribus fuera bueno para favorecer la venta de camisetas, bufandas y demás mercaderías identificativas. Yo pediría al club que les impidiese el acceso a El Molinón por los siglos de los siglos. Al Sporting no le conviene que esos sujetos invoquen su condición de socios.
Tiene que impedir que la «Mareona» se convierta en «tsunami», que la pasión degenere en barbarie y que el fútbol pueda justificar la violencia.
Es decir: una razón para justificar la sinrazón. En este desquiciado mundo cabe esperar cualquier disparate.
Anden con ojos bien abiertos las fuerzas de orden público, la guardia municipal, los servicios de seguridad del club, incluso los espectadores cabales. Pues es de suponer que estemos todos de acuerdo en erradicar semejante gentuza del hermoso escenario donde hizo historia el Sporting a orillas del Piles hace ya más de un siglo.