JAVIER MORÁN
No tenemos olvidado el urbanismo gijonés, pero la lectura detenida del documento de prioridades con el que el Ayuntamiento quiere levantar un nuevo PGOU nos ha entretenido demasiado. No queremos decir que nos haya divertido, sino que nos ha ocupado más tiempo del debido, y por un motivo fundamental. Cuando íbamos por sus primeras páginas tuvimos que acudir a las leyes que allí se citan y comenzaron las sorpresas. Para decirlo rápido -pero con todo respeto a sus autores-, el documento de prioridades es como un contrato con letra pequeña, pero sin letra pequeña. Es decir, nos tememos que este texto oculta unos cuantos elementos molestos de la ley estatal del Suelo de 2008, cosas de esas que se meten con una letruja de menor legibilidad para que la parte contratante pase por ellas sin demasiado detenimiento.
Pero, en efecto, no hay letra pequeña en el texto municipal: simplemente se omiten esas molestias legales de la norma nacional de 2008, aunque sabemos que existen porque el documento de prioridades está obligado a decir en qué leyes y normas se basa. De ahí viene el rodeo y el retraso. Todo lo que estos papeles municipales dejan de contarnos hemos tenido que ir a buscarlo a la pequeña letra del BOE.
Nos da además en la nariz que al equipo de gobierno municipal del Ayuntamiento (PSOE e IU) le interesa que este cáliz les pase pronto. Lo decimos porque esta municipalidad está acostumbrada a lanzar campañas informativas o propagandísticas al menor descuido; o porque convoca ruedas de prensa para decirles a los gijoneses que se han colocado cincuenta baldosas de color naranja en la calle de tal. Sin embargo, para promover la participación en la elaboración del PGOU no se han echado precisamente al cuello de los ciudadanos.
Si a ello sumamos lo antedicho -que el documento no pone todas las cartas sobre la mesa-, hemos de concluir que el Ayuntamiento podría jugar un poquito más limpio con nosotros. Va a haber que mandar a alguien a un desayuno de oración. ¿A Felgueroso o a Sanjurjo?