MATÍAS VALLÉS
León Tolstoi tampoco era perfecto, por lo que erró el tiro en su famosa frase inicial de «Anna Karenina» -nueva traducción en Alba-. Aunque se centró en las familias para soslayar la implacable censura zarista, en realidad quiso escribir que «todas las parejas fieles se parecen, pero las parejas infieles lo son cada una a su modo».
Estaríamos hablando de Tiger Woods si no se hubiera cruzado John Terry, capital de la selección inglesa de fútbol, que volverá a fracasar en Sudáfrica.
En ambos casos nos encontramos con un comportamiento atípico, incomprensible para un analista de la actualidad. Un hombre cuya única ocupación consiste en jugar a golf o pelotear como un adolescente tiene la oportunidad de acostarse con docenas de mujeres, y sucumbe a la tentación con la mayoría de ellas. Se comprende la conmoción planetaria y publicitaria -el anuncio televisivo de Gillette mantiene de momento a Federer y Henry, pero ha suprimido al golfista-, porque ese patrón no encaja en los rieles de la conducta humana. Para no ir más lejos, a mí no me hubiera sucedido lo de Tiger Woods. Y doy por descontado que a usted tampoco, sobre todo si tiene a su pareja al lado.
Una vez descrita la perversión inasimilable de acostarse con numerosos seres humanos por encima de los votos matrimoniales, Terry tiene el atenuante de que se llevaba la infidelidad a casa, con lo cual distraía menos tiempo de su patriótica misión futbolera con el Chelsea y la selección. Uno de los mandamientos del decálogo mosaico se refiere explícitamente a esta aberración con la mujer del vecino, lo cual demuestra su proliferación en tiempos bíblicos felizmente superados.
Me veo obligado a personalizar de nuevo, con objeto de justificar mi estupor ante estos deportistas asaltacamas. Para qué vas a acostarte con la predispuesta mujer de tu mejor amigo, a la que ves cotidianamente, si existen miles de mujeres inalcanzables y adiestradas para hacerte sufrir hasta el infinito. Nos hemos centrado a efectos estadísticos en atletas masculinos, en el sobreentendido de que también nos asombraría la infidelidad contumaz en mujeres felizmente casadas. A decir verdad, sólo envidias a los Tiger Woods y John Terry de esposas intercambiables -me refiero a sus imágenes- hasta la vigésima quinta amante. Más allá de esa cifra, te limitas a replantearte la cacareada dureza de la alta competición.