ANTONIO MASIP
Escribo desde Estrasburgo mientras sigue la nevada invernal. La semana ha sido muy dura para la sociedad y el Gobierno en el interior de España y también para nuestro país en el exterior. Sin estar despejada la situación ni mucho menos parece que hay, no obstante, cierta mejoría en los índices más preocupantes.
Hasta el Pleno del Parlamento ha venido Alfredo Pérez Rubalcaba, que ha estado hábil, muy hábil, pidiendo tiempo para negociar acuerdos de seguridad con los Estados Unidos, reconociendo críticas muy duras de diputados y buscando acercamientos y comprensiones en la unidad contra el terrorismo.
Desde el punto de vista asturiano, el protagonista sin duda se llama José Manuel Campa, secretario de Estado de Economía, de cuyas intervenciones en Londres y París mis colegas parlamentarios se hacen eco y me hablan maravillas. Aquí, se sorprenden cuando les digo que no le conozco personalmente. Y es que su presencia en la vida pública es muy reciente todavía. En cualquier caso, llena de orgullo que un paisano reciba tantos elogios sinceros como una personalidad clave en ofrecer sensata tranquilidad a los mercados financieros y a los países de nuestro entorno, sin eludir además los problemas, que pudieran precisar todavía correcciones y mejoras de rumbo.
Por mi parte, he de confesar que era muy escéptico con la decisión de los responsables de la política económica de salir corriendo hacia las redacciones de algunos medios y foros aunque fuesen necesarias aclaraciones rotundas para desfacer entuertos. Jonás Fernández, otro buen economista ovetense, titulaba «Al borde de un ataque de nervios».
Pero no ha sido solamente la neutralización de malos entendidos, Campa ha sentado cátedra y ha dado solvencia. Algunas de sus declaraciones, digamos, ultraliberales de antaño, habían preocupado no poco en el momento que sustituyó a David Vegara en el Gabinete del presidente Zapatero. Su currículum, como doctor por Oviedo y Harvard, y sus actuales salidas al extranjero, demostrando versatilidad, talento y talante, han dejado muy alto su nombre antes apenas conocido o mal conocido.
Es, desde luego, una persona prudente que no parece dispuesta a vacilar con la que está cayendo.
Hay una preocupación no menor que se manifiesta también por estos pagos, ¿están las comunidades autónomas españolas dispuestas a la disciplina que propugna Campa para el Estado al que sirve de forma tan cualificada? Mi humilde antigua experiencia como gestor en las administraciones local y regional es que hay que seguir a pies juntillas el rigor de altos funcionarios de estos perfiles.
España tiene recursos, y, a juzgar por Campa, apreciablemente humanos.
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