VÍCTOR GUILLOT
Francia ha lanzado una polémica campaña para prevenir la dependencia que provoca el tabaquismo presentando la adicción al tabaco como una aparatosa sumisión sexual. Tres fotos muestran a tres adolescentes que parecen practicar una felación a un tipo encorbatado, donde el falo es sustituido por un cigarrillo. En internet descubro escrito que se pretende dibujar una analogía de la sumisión sexual, traducida como: «Jóvenes, sed libres y dejad de comerle los trastos al señor Phillip Morris». No obstante, la elección de una felación como representación de esclavitud no es muy acertada. Uno siempre vio en el fumeque un ejercicio de pequeña y elegante burguesía extendido al pueblo llano. El cigarrillo podía pasar de serlo todo a no ser nada, según la hora y la compañía. Siempre me gustaron las mujeres fumadoras, pues fueron ellas las que engendraron al fumador que siempre llevaré dentro. Al español le atrae más la mujer fumadora que era, desde Franco, una mujer libertina atrapada en el pecado. Hoy todos matamos por esa mujer fatal que fuma con la boquita pintada y el rimel corrido y todo lo estimula con el cigarro en la mano. Aquella mujer fumadora, sí, era una mujer fálica, que no es lo mismo que lesbiana, una hembra macho de conducta sexual ágil, locuaz y agresiva que con la democracia se disipó como el humo, pues resulta que después todas las mujeres fueron fumadoras.
Este paso de la legalización a la criminalización del fumador es brutal y a más de uno le estará provocando náuseas. Sé que no tengo razón, pero me gusta indagar en la mitología del cigarrillo. Bogart se justificaba con un pitillo en la boca, Groucho con el absurdo humor de un puro habano y Camus con una mirada profunda, sencilla y todo el humo existencial de su cigarro. Conocí a Carrillo fumando en el subterráneo del Café Gijón de Madrid y mi primera entrevista en este oficio fue a una bellísima Laura Ponte que no paraba de ofrecerme cigarros cuando a mí se me agotaron todos los cuartos. Nací al articulismo con un paquete de tabaco rubio en el bolsillo y supe desde el principio que el humo se encargaba de escribir los adjetivos.
Hoy nos liberamos del cigarro como nos liberamos de la culpa, fumando un cigarrillo clandestino en la oscuridad de un reservado. Lo cierto es que dentro de unos meses los españoles nos iremos a fumar a la puta calle y ya no habrá reservado que nos calme el vicio. El personal ya se está calentando, sólo de pensar que no podrá fumarse un cigarrito en los bares. Nosotros, que lo hemos fumado todo: trujas, rubios, porros y habanos. Lo que ha fumado este pueblo y lo que ha aguantado. Así que aquí, por el momento, no nos sentimos esclavos de nada ni de nadie, pues el cigarrillo ha sido nuestro alivio y nuestra oración para soportar la realidad de todos los días. Y por supuesto, después de un polvete, un cigarrillo.