MANUEL HERRERO MONTOTO
No es la marca de aquel vetusto bolígrafo que desflecábamos por la popa con nuestros recién inaugurados dientes desde el pupitre de cuarto de Bachiller mientras el profe de Latín se empeñaba en incrustarnos en las inquietas molleras de adolescentes la declinación del «unusquisque». No, me entero de que BIC son las iniciales de Bien de Interés Cultural. Y me acabo de enterar de que Esperanza Aguirre y sus mariachis de Murcia y Valencia, por el momento, pues la orquesta está abierta a nuevos guitarrones, y habralos de seguro, han caído en la cuenta de que las corridas de toros son de «interés cultural» en el ámbito ibérico.
Y todo por atizarle un revés al fondo de la pista a los catalanes por su pretensión de mirar hacia otro lado del foso y contemplar la vida en vez de la muerte. Eso no se hace, ir contracorriente de la tradición más arraigada en nuestra piel de toro, eso es, de toro, bravo, bravísimo por Esperanza, dos orejas y el rabo, con perdón, y mil vueltas al ruedo ibérico por su valiente propuesta. Le caerán tantos olés que quedará sorda, un paso adelante en la auténtica regeneración de los valores patrios, ¡olé, Espe! Una plaza te ponía yo, morena, con su estatua en la puerta mayor a lo Agustina de Aragón, pero en versión Esperanza con capote, sin cañón pero con bemoles. Te propondré para el Estoque de Oro. Que sepan esos fenicios que los íberos somos más rudos y fuertes, ajenos a sensiblerías y mojigaterías, que mientras ellos se lían a construir esa cursilería que llaman castellets, trepando unos por encima de otros con sospechosos movimientos entre varones, los de aquí, los míos, le plantan cara al astado con un par, muleta en bandolera y estoque de matar.
Ítem más, muchas de nuestras fiestas patrias centran en la muerte del animal toro su atractivo, tanto toro destripado sobre nuestras baldosas que a nuestra geografía se la conoce por la piel de toro. Los toros mueren en las plazas, amorcillados o a la quinta estocada, también enmaromados, embolados, ensartados por infinitas flechas, a tractorazos y clavándoles en la barriga tridentes, y si nos falta el toro, por la cosa del presupuesto, pues tiramos una cabra desde un campanario y a otra cosa. ¿Cómo no van a ser estas muertes tan honrosas materia de interés cultural? Sólo que una cosa, yo la B de Bien la cambiaría por la P de Pésimo. Una letra no va a ningún lado, doña Esperanza.
Recuerdo con lagrimón en el ojo aquel magnífico final de la peli de Berlanga «La vaquilla», cuando los buitres vuelan alrededor del cadáver de la miserable vaquilla con música de fondo triste de alma, «La hija de Juan Simón»: «Ella se murió de pena y yo, que la causa he sido, sé que murió siendo buena». Copla Bien de Interés Cultural.