EUGENIO SUÁREZ
No andamos sobrados de buenas noticias, al contrario, malas entran diez en docena. Nos hemos habituado a chapotear entre la corrupción, la estafa, el embuste, la codicia y la cobardía reflejado cada día en los medios de comunicación. La actualidad renovada es el juez estrella, Baltasar Garzón, que lleva veintidós años en el mismo destino, lo que es motivo de asombro, pues la Administración pública se mueve por escalafones y sería sorprendente un teniente de sesenta y un años o un tercer secretario de Embajada con parecida edad. Algo marcha raro por ese costado.
Sabemos que el superjuez dispone de una sorprendente biografía: fue albañil, camarero y empleado en una gasolinera, lo que merita el que cursara una carrera y ganara las oposiciones. No creo confundir a nadie al afirmar que la mayoría de los españoles hemos sentido admiración por él y su tenacidad en los empeños donde se metía. Algo, sin embargo, me escamó, hace más de quince años, cuando comienza su apogeo y se llevaba trabajo a casa. Allí guardaba los expedientes más delicados, por miedo a que se los copiasen o robaran en la sede del Juzgado número 5, del la Audiencia Nacional. ¿Qué clase de gente le rodeaba?
Empezó a runrunear la avispa de la duda cuando se metió en los belenes de Pinochet, de Berlusconi, de las responsabilidades del franquismo, extendiendo y alejándose dudosamente del ámbito jurisdiccional, cuando ese organismo donde trabaja es, por definición, un tribunal limitado a los delitos de terrorismo, narcotráfico y colindantes con una tarea restringida nada menos que a todo el ámbito nacional. Aparco la breve peripecia política que no colmó sus expectativas y hay que considerar opción personal, aunque sorprendente que, de inmediato, recuperara no sólo su carrera, sino el mismo puesto, al que parece mostrar enorme cariño.
Ahora parece que le han empapelado y se verá si hay gente por encima de la ley que obliga a todos. No ha demostrado la falsedad de la carta que ha reproducido la Prensa, donde se dirige, con gran confianza, al banquero Botín, pidiendo, claramente, con su firma e identificación laboral una fuerte ayuda para la retribución de sus trabajos en los Estados Unidos. En verdad, no sé si es legal, pero tampoco se ha desmentido que archivara un procedimiento contra el banco del ilustre cántabro, ni si está o deja de estar fuera del arbitrio de un juez ordenar la escucha de lo que se dicen un sospechoso y su letrado, aparte de los supuestos que son la competencia del tribunal de excepción. Hasta ahora, los caballos, digo, los banqueros y los políticos asumen que les susurre al oído. ¡Qué elemento!