LUIS M. ALONSO
La foto fija de los bomberos catalanes identificados como etarras por la Policía francesa va a pasar a la historia de los grandes fiascos, tanto por la metedura de pata en sí misma como por las especulaciones periodísticas a que dio lugar: la pésima logística de la banda, el mal estado anímico de unos pistoleros que los filman en vísperas de un atentado, etcétera. Pero el peor trago ha sido el de los pobres bomberos clientes del hipermercado, lo mal que lo han tenido que pasar para poder identificarse limpiamente como una marca blanca y dejar claro que simplemente son víctimas de las cámaras de un circuito cerrado de televisión, sin comerlo ni beberlo.
A los bomberos / etarras los pillaron con el carrito de la compra, es cierto, pero a quien verdaderamente hemos pillado, como se suele decir, con el carrito del helado ha sido a la Gendarmería. De Rubalcaba, que se ha responsabilizado de la difusión del vídeo, no sé ya ni qué pensar. El ministro del Interior se ha limitado a admitir que las cosas podrían haberse hecho mejor.
Resulta más indignante la reacción del presidente del Gobierno, que mantuvo la teoría de que no se debe exagerar, que no es para tanto el hecho de confundir a unos bomberos con unos pistoleros. Como supongo que tampoco lo será difundir de inmediato las imágenes dejando a unos ciudadanos inocentes señalados y desprotegidos, en medio de la búsqueda de los asesinos de un agente.
No se puede esperar más que riesgo de una sociedad desquiciada como ésta en la que la CIA confunde a Llamazares con Bin Laden y los gendarmes se equivocan de carrito y de compradores. Y confiar en que a uno no le toque.