ESTEBAN GRECIET
Cada día me convenzo más de que el político profesional de nuestros días constituye un paradigma del nuevo burgués, un personaje no siempre ilustrado, a veces salido de la nada y elevado a una nueva clase en situación de privilegio. Es lo que un colega llama en su reciente libro «La casta».
Concedo que la clase política es necesaria, acaso no en la medida en la que se ha extendido por España hasta más allá del punto de saturación. Pero considerar esta apreciación nos llevaría muy lejos. No; sólo deseo subrayar la actitud de una sedicente izquierda social ante sus gratificantes oportunidades en la llamada sociedad del bienestar.
Acabo de leer una más de las informaciones sobre el patrimonio personal declarado por nuestros políticos regionales. Todos ellos, de izquierdas, puesto que así lo quiere la región. Es de suponer que, a la hora de exponerse al examen de la opinión pública, los declarantes habrán restringido a lo indispensable estas revelaciones.
No obstante, la inmensa mayoría nos muestra un panorama altamente confortable en materia económica que les sitúa por lo menos en una clase media alta. Nada que oponer. Sin embargo, ese nivel de gente acomodada conviene a un concepto tradicionalmente vituperado por la izquierda, lo mismo la moderada que la radical: la burguesía. Es decir, el enemigo.
La experiencia de este último cuarto de siglo, junto a lo que se nos ha contado de la II República, nos revela lo socorrido que resulta, no ya renunciar a una pretendida reivindicación de justicia social, sino hacerla compatible con la propia ambición. Las confesiones de nuestros políticos, sin duda reducidas a lo inevitable como digo, manifiestan que la política activa es muy rentable, lo que explica la tenacidad con la que sus protagonistas se agarran a la silla.
Para empezar, los emolumentos básicos de los consejeros y de gran parte de los cargos menores pasan de los seis mil euros al mes, lo que vale decir, para los nostálgicos de la peseta, más de un millón de la vieja unidad de cuenta. Luego vienen las dietas y las prebendas propias de su condición oficial. Que no es paja.
Muchos de los declarantes reconocen poseer varios inmuebles, planes de pensiones, plazos fijos en bancos (el consejero de Educación, el pobre, carece de cuentas bancarias), seguros de vida, acciones y vehículos de alta gama, incluso obras de arte, además de desempeñar simultáneamente más de un cargo (ocho, diez y ¡hasta diecisiete!), tipo consejerías de empresas, vocalías de organismos públicos y privados, y por ahí seguido.
¿Habrá nada más burgués? La izquierda, pues, se ha pasado al enemigo, pero con la singular particularidad de no haber abandonado su posición de partida: un caso claro de bilocación.
Es ésta una curiosa característica del tiempo paradójico que nos toca vivir. Ahí tenemos, en otro orden de cosas, el reciente caso de un alcalde socialista que, tras una noche loca, destrozó el lujoso automóvil oficial, se vio obligado a dimitir y? recibió después un caluroso homenaje popular.
Ni te cuento, si volvemos a contemplar la escena de los perceptores millonarios de Rodiezmo cuando animaban con toda convicción -sin duda sincera- a los parias del mundo y la famélica legión para que escalen los puestos de la prosperidad. Como en aquel anuncio que empezaba diciendo: «Haz como yo».