FÁTIMA FERNÁNDEZ MÉNDEZ
A la vista de la publicación de las encuestas del CIS (Centro de Estudios Sociológicos) de enero, los políticos deberían hacerse una seria reflexión, puesto que entre todos los miembros del Gobierno y los líderes de los partidos en la oposición es imposible encontrar un mísero aprobado. ¿Es tanto el rechazo que los ciudadanos sienten por la clase política?
La situación me recuerda aquello que, cuentan, le ocurrió a cierto político inglés, en un momento en el que la clase política inglesa estaba muy desprestigiada. Se decía entonces que, hallándose el antedicho político en pleno mitin electoral en la capital, pudo ver entre su audiencia a un paisano y amigo del pueblo. Avergonzado ante tal situación, apenas concluido el mitin, se dirigió hacia su paisano con estas palabras: «Por favor, cuando vuelvas al pueblo, no le digas a mi madre que me dedico a la política, dile que regento una casa de lenocinio».
Parece que los suspensos a los que me he referido deberían tener una explicación lógica, que yo atribuyo a la similitud entre una relación sentimental de pareja y la relación votante-partido. Cuando uno de los componentes de la pareja ve coronada su frente, no precisamente de laureles, lejos de asumir su parte de culpa o admitir que ha sido engañado/a, es más fácil simplificar el tema diciendo: «Es que todas las mujeres son unas?», si el coronado es él; o «todos los hombres son iguales», si las protuberancias frontales las porta ella.
De los datos que aparecen en la encuesta se desprende, en cuanto a intención de voto, que difícilmente un votante, llamémoslo asiduo de un partido, va a votar a otro partido, porque, aun yéndole las cosas relativamente mal, siempre recurrirá al «todos son iguales»; circunstancia que, como mucho, le llevará a la abstención. Es un asunto visceral y como tal, por lo general, sólo el vacío en una importante víscera como el estómago le haría cambiar su voto, neutralizando de esta forma el voto de otro estómago, en este caso, agradecido, que también los hay. Éstos nada tienen que ver con los votantes que, al no tener su voto predeterminado, en cada momento serán estimulados por algo que los motive.
A lo que íbamos. Ni todas las políticas a desarrollar son iguales, ni los políticos lo son. Unos están en el Gobierno, y disponen del BOE, con la obligación de gobernar y otros están en la oposición, cuyo mandato constitucional es el de control al Gobierno. Intentar implicar a otros que no sean Gobierno para justificar la situación actual es un subterfugio para tapar incapacidades o faltas de voluntad, porque en el Parlamento se siguen aprobando leyes, no sólo sin el apoyo del principal partido de la oposición, a quien no se le pidió ningún consenso, sino con su oposición frontal, como ha ocurrido con los Presupuestos Generales del Estado, con de la ley del Aborto, etcétera.
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