FÁTIMA FERNÁNDEZ
ESCRITORA
Han bastado siete u ocho días de emisión de cenizas del pequeño volcán islandés Eyjafjalla para que el sistema de transporte aéreo tanto de pasajeros como de mercancías de casi la totalidad de Europa dejase de manifiesto lo vulnerables que seguimos siendo ante los fenómenos naturales, con independencia de los innegables avances tecnológicos.
Islandia, ese pequeño país que apenas cuenta con trescientos cincuenta mil habitantes, no es la primera vez que ve arruinada su oscilante economía como consecuencia de la erupción de alguno de sus numerosos volcanes. Pero en estos últimos años, concretamente desde 2008, Islandia viene padeciendo una importante crisis económica como consecuencia de la situación económica mundial, lo que le hace solicitar su ingreso en la UE en el año 2009, en un intento de mejorar el nivel de vida de sus ciudadanos.
Es esta situación económica la que da pie a los islandeses para explicar lo ocurrido. Según parece, la economía islandesa, antes de morirse, manifestó su deseo de ser incinerada y que posteriormente sus cenizas fuesen esparcidas por todo el mundo. Las consecuencias del cumplimiento de la voluntad de la moribunda, desde su lecho de muerte, saltan a la vista.
Aunque, por otra parte, se podría pensar que la economía islandesa, gracias al turismo que acudirá atraído como consecuencia del interés despertado por el volcán, podría resurgir, nunca mejor dicho, de sus cenizas, como el ave fénix y volver a la situación que tenía antes de 2008.
Sería letal para la humanidad que el deseo post mórtem de la economía islandesa fuese un ejemplo a seguir por algunas economías europeas, enfermas de gravedad, lo que debería estimular a los médicos que cuidan de estos enfermos a poner todos los medios humanos y medicamentos a su alcance para evitar su previsible fallecimiento. Y en el caso de no estar capacitados para recuperar a los enfermos, al menos, intentar convencerlos para que opten por la tradicional inhumación, en lugar de la incineración con el cada vez más habitual esparcimiento de las cenizas.
El fallecimiento de economías, por ejemplo, como la griega, la española, la irlandesa o la portuguesa, si optasen por la posterior incineración con el esparcimiento de sus cenizas por todo el mundo, aun a título individual, a la vista de lo ocasionado por la incineración de la economía de un pequeñísimo país como Islandia, sólo sería comparable a lo acaecido entre los periodos del Cretáceo y Terciario, que dio como resultado la extinción de los dinosaurios junto con otras muchas especies animales.
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