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Pasada la Pascua, el vía crucis para la Iglesia continúa

Razones por las que se ataca a la jerarquía católica a causa de la pederastia practicada por un número limitado de sacerdotes

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Pasada la Pascua, el vía crucis para la Iglesia continúa
Pasada la Pascua, el vía crucis para la Iglesia continúa  

JOSÉ LUIS MAGRO
PROFESOR DE FILOSOFÍA
No se puede redimir un pecado cometiendo otro, ni exigir justicia valiéndose de la injusticia. La pederastia practicada por un número limitado de sacerdotes y religiosos católicos suscita la más enérgica condena una vez conocida. Las penas establecidas por la ley a todos los pederastas debe aplicarse con idéntico rigor a estos consagrados desalmados. Ahora bien, si el número de sacerdotes católicos pederastas es proporcionalmente similar al de las restantes confesiones cristianas y al de otras religiones ¿por qué se han dirigido los ataques casi exclusivamente contra la Iglesia católica?

La base de todo nuestro orden jurídico radica en la libertad y la responsabilidad de la persona. Por eso no se puede juzgar a un pueblo, ni a un colectivo cual si de un rebaño se tratase, sino a los individuos que lo integran. De ahí que sea necesario analizar las causas que han originado tal confusión, para exigir justicia, por supuesto, pero sin el atajo de la injusticia.

Distinción entre delito y pecado.

En la sociedad occidental subyace el concepto moral de pecado junto a la noción jurídica de delito. El pecado existe en el mundo interior de la fe, y se redime desde la fe. El delito, por el contrario, se tipifica jurídicamente. Una vez establecida la norma, será un tribunal el encargado de imponer las penas al infractor. En las sociedades democráticas no hay excepciones. Todos los ciudadanos están sometidos al imperativo de la ley.

El problema que nos ocupa nunca hubiera generado conflicto alguno si la autoridad espiritual hubiese absuelto al pederasta arrepentido una vez que hubiese cumplido las penas que la ley civil establece para estos delitos.

En el tema de la pederastia, la Iglesia jerárquica ha seguido, consciente o inconscientemente, el clásico principio de que «la potestad espiritual aventaja en dignidad y nobleza a cualquier potestad terrena, y hemos de confesarlo con tanta más claridad, cuanto aventaja lo espiritual a lo temporal» (Bonifacio VIII: «Bula Unam Sanctam», 1302).

En los estados democráticos la soberanía reside en el pueblo y, por delegación, en los representantes elegidos democráticamente. No tiene, pues, cabida esta bula. Ni el «Dictatus Papae» de Gregorio VII, y mucho menos el modo de proceder de algunos obispos y de la curia vaticana en los primeros momentos en que se destapó el escándalo. Nunca debió dar por zanjado el delito de la pederastia de esos desgraciados sacerdotes con el arrepentimiento interior y la consiguiente absolución.

Pero, dicho esto, es obligado decir también que la Iglesia católica es una de las pocas instituciones a nivel mundial que predican y defienden valores y principios profundamente sociales y consiguientemente humanos. En el caso concreto de la pederastia ha incurrido en ese tremendo error -propio, por otra parte, de cualquier institución de poder- de suprimir la información para no causar escándalo y pérdida de confianza en la institución.

La valentía con que Benedicto XVI ha abordado en sus últimas intervenciones el problema viene estigmatizada por esa grave equivocación del silencio cuando se conocieron los primeros datos fidedignos del delito. Por pura coherencia, la Iglesia resolverá el problema y se atendrá al imperativo moral y al cumplimiento de las sentencias que los tribunales civiles emitan.

Pero, a pesar de ello, su vía crucis continuará. La Iglesia es lo óptimo y lo pésimo de la cultura occidental. Es la única institución organizada a nivel mundial que ofrece a millones de personas el sentido de la existencia, el porqué y para qué de su ser, de su vivir y de su quehacer. Crea sociedades solidarias al defender y predicar la humildad, la generosidad, la sexualidad como manifestación de amor y entrega, la paciencia, la templanza, el trabajo, el esfuerzo y, sobre todo, la caridad. Educa en la prudencia, en la justicia, en la fortaleza y en la templanza. Por eso es una fuente de poder inagotable. De ahí que la izquierda radical progresista jamás la dejará tranquila. Sabe que sólo triunfa cuando se opone sistemáticamente a ella. Y para conseguirlo sólo tiene que repasar la dilatada historia de la Iglesia con veinte siglos de existencia, para encontrar al inquisidor, el pérfido torturador, o al Papa corrupto que necesiten en cada momento. Y ante un inquisidor sólo cabe la figura del libertador, encarnado, por supuesto, en la novísima soteriología de la izquierda progresista. No se busca la verdad, sino aniquilar al adversario generalizando la culpa, justa o injustamente. La manipulación descarada que ejerció la Iglesia en siglos pasados la están practicando con mayor osadía los que ahora anhelan suplantarla. Siendo ateos convencidos, son fieles creyentes practicantes en sus dogmas redentores. ¡Qué contradicción! ¡Exigen el tributo de la fe sin tener a su alcance la esperanza!

Como espectador que soy de las idas y venidas del poder, intuyo combates broncos y prolongados, pero también vislumbro que el «reino de los cielos seguirá germinado en el interior de millones de hombres y mujeres de buena voluntad». Este escéptico espectador desea terminar con esta frase de San Agustín: «Noverim te, noverim me. Nihil plus? Nihil omnino». Sólo deseo «conocerte a ti y conocerme a mí. ¿Nada más? Sí, nada en absoluto».

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