Ahora que tengo un rato

Juntar el hambre con las ganas de comer

n El agravio en algunas definiciones de los españoles

11.05.2010 | 10:03
Juntar el hambre con las ganas de comer
Juntar el hambre con las ganas de comer

Hace unos días recibí un correo con la transcripción íntegra de un artículo firmado por José María Carrascal, que había salido en un diario de tirada nacional; una vez consultada la fuente, comprobé que la transcripción era correcta. Si me decido a escribir sobre ello es porque como ciudadana de este país me sentí ligeramente molesta por la descripción que de nuestra forma de ser hacía este periodista. No puedo citar aquí todo cuanto en él se decía porque, como ya debéis saber, contamos son un espacio limitado. No voy a negar que mis simpatías están del lado de las formaciones políticas que abogan por el bienestar social y por los más desfavorecidos en vez de hacerlo por el beneficio pecuniario de los que más atesoran en sus arcas; pero esto no impide, como tampoco lo hace el que mis conocimientos económicos no lleguen a la altura necesaria como para formular una tesis que saque al país de la situación en que se encuentra, que piense que si España no ha logrado acercarse al nivel de recuperación de otros países de europeos, algo tiene que estar haciendo mal el Gobierno. Hasta ahí estamos de acuerdo.


Hablaba sobre la popularidad del presidente Zapatero y de cómo era incapaz de comprenderla. Después de hacer un análisis que, según mi punto de vista, era bastante subjetivo, llegaba a la conclusión de que la popularidad del líder del PSOE estaba motivada por su manera de gobernar: apoyando nuestros vicios en vez de hacerlo con nuestras virtudes. Lo cierto es que, dicho de esta forma, me sentí un poquito agraviada y no porque dijese semejante cosa sobre el Presidente de este país, sino por todos los vicios que pasó a enumerar como esencia del carácter español. Apostillando que el vicio siempre es más fácil de practicar que la virtud y cerrando, la primera parte del artículo, con esta perla (sic): «Durante los últimos cinco años, en España se han juntado el hambre con las ganas de comer, o más exactamente, la peor política con nuestros peores instintos».


El resto era pura demagogia, eso que dicen que surte tanto efecto sobre los pueblos ignorantes y faltos de la preparación necesaria como para saber elegir lo que más les conviene. Era una réplica, soterrada eso sí, de lo que sucede en cualquier debate que se lleve a cabo en la Cámara de los Diputados, sólo que apelando a la moral de los ciudadanos y dando a entender que de nuestro voto se deducirá si queremos ser buenos y recordados por nuestro espíritu de sacrificio o por nuestra inclinación a que se nos permita seguir viviendo en la holgazanería y el derroche. No ha dicho nada nuevo sobre la política de este país, señor Carrascal, aunque sí lo ha hecho sobre el carácter y la forma de ser de los españoles y yo, personalmente, me he sentido ofendida por sus palabras.

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