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El debate que quiso ser definitivo

El anuncio de un ajuste duro que nos va a afectar a todos, especialmente a los funcionarios y a los jubilados

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El debate que quiso ser definitivo
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FERNANDO JÁUREGUI Hay como una conjunción de astros que, de ser más supersticiosos de lo que somos, podríamos considerar como de mal agüero. Al nacional-pesimismo se suma una pérdida de prestigio de España en el exterior y un descrédito importante de los españoles hacia su Gobierno. Por eso, tenía algo de patética la salida al ruedo parlamentario de José Luis Rodríguez Zapatero para anunciar medidas de ajuste duro, que nos van a afectar a todos, aunque especialmente a los funcionarios y a los jubilados.

Zapatero tuvo que enjaretar una faena terrible para cualquier persona que, como él, está convencida de la bondad de sus ideas y recetas: tragarse todas sus propuestas hasta ahora y, humillando la cabeza, aceptar las drásticas medidas de recorte del gasto propuestas por Europa y urgidas hasta por Obama. El Gobierno español ha tenido que girar muchos grados en sus planteamientos en apenas una semana y éso ha dejado huella en el rostro y en la cohesión, dicen, de los ministros. Y ojeras más pronunciadas en la fisonomía, habitualmente plácida, del Presidente.

Y es que España es un problema para los españoles -éso viene siendo tradicional-, pero ahora también para los europeos y, de rebote, para las economías occidentales. O éso es lo que alguien nos quiere hacer pensar. O ésa es la sensación creciente, la imagen que se instala y que vale por toda una realidad.

Así que Zapatero tenía que salir con propuestas drásticas, nada de fruslerías, admitiendo lo difícil de la situación y volviendo a tender la mano a Rajoy para un ya imposible pacto: se perdió una oportunidad de oro en el reciente encuentro de La Moncloa entre los dos políticos que mayor responsabilidad tienen -más uno que otro, de acuerdo- a la hora de sacar a este país adelante. Y ahora cada cual tiene que jugar su papel: los sindicatos, enfadarse; los medios financieros, aplaudir; Europa, seguramente, hacer un velado gesto de aquiescencia.

Zapatero, que lo ha hecho casi todo mal en economía, ahora ha actuado como debía, tarde una vez más, eso sí. Ha propuesto «sudor y lágrimas» y no ha entrado (demasiado) al trapo de prometer que todo se solucionará pronto. Sus propuestas de nada valdrán, empero, si no hay un acuerdo general en el cuerpo social, en los responsables autonómicos, en los de las fuerzas sociales... y en la oposición, acerca de las bondades de esas medidas.

Mariano Rajoy, en quien tantas miradas están puestas, hizo uno de los mejores discursos que le recuerdo. Atinó al hablar de la improvisación y la subordinación al extranjero que suponen estas medidas, pero no las criticó, porque sabe que son imprescindibles y son, en el fondo, las mismas que él propuso a Zapatero y que éste le rechazó. Acertó al pedir recortes cosméticos en el elenco ministerial, algo que ya habían aprobado los grupos parlamentarios, excepto el socialista. Y estuvo notable cuando ofreció su concurso a Zapatero para encontrarse y debatir las medidas propuestas «esta misma tarde», una mano envenenada que, no obstante, el Presidente del Gobierno no supo recoger con la habilidad necesaria.

Por una vez, saqué la impresión de que casi todos los portavoces parlamentarios, comenzando por Duran i Lleida -que en varias cosas, aunque no en el tono, coincidió con Rajoy-, sobrevolaron la sesión con cierta altura: había muchas novedades sobre el tapete como para hacer un análisis fino, pero el camino hacia un necesario gran pacto básico en torno a estas medidas podría estar abierto. Otra cosa sería que, como en Grecia -sin ánimo de comparar, que conste-, las gentes agobiadas y cabreadas acaben lanzándose contra el Parlamento. Pero éso, ya digo, me parece tan impensable como ver a Zapatero y Rajoy apeándose de sus inquinas para bailar un rigodón: ni estamos en el Averno ni en el cielo. A veces, si acaso, un poco en Babia.

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