23 de mayo de 2010
23.05.2010
Editorial

Hay que recuperar la confianza de los inversores

23.05.2010 | 14:10

Las dudas, la pasividad ante la sangría griega, son todo un síntoma. Y hay un peligro para España. No se puede vivir eternamente del dinero prestado. La deuda exterior española, pública y privada, la que ha sustentado el tren de vida de los años locos, se acerca a los cuatro billones de euros, que hay que devolver o renegociar a intereses más caros, so pena de quiebra. Para afrontar ambas amenazas, que se cruzan, sólo hemos visto medidas inconexas e irregulares. Faltan liderazgo, claridad y contundencia. Los inversores lo notan y no se fían.

El vicepresidente tercero del Gobierno da a entender una mañana que suben los impuestos. La vicepresidenta primera le rectifica a mediodía: no subirán. La vicepresidenta segunda apuntilla por la tarde el desconcierto: puede que suban, pero no ahora. El presidente Zapatero los pone en solfa al día siguiente: subirán. Una semana, con dolor, se congelan las pensiones y a la otra, con aturdimiento, se decide actualizarlas a tenor de la inflación. El secretario de Estado de Economía, el asturiano José Manuel Campa, declara en Oviedo a LA NUEVA ESPAÑA que no toca la reforma fiscal y el mismo día, en la misma ciudad, el líder de los socialistas asturianos, Javier Fernández, exige abordarla de inmediato para aumentar tributos a los ricos. ¿Y quiénes son los ricos?

La Bolsa es un buen termómetro para calibrar la marcha de la economía. Los políticos trasladan improvisación y ambigüedad. Los inversores no les otorgan confianza. Se espantan con tanto vaivén y contradicción. Ni un audaz fondo de 750.000 millones de euros para evitar la quiebra de un país, ni la intervención directa del Banco Central Europeo, ni un rejonazo cruel a funcionarios y pensionistas que nadie pensó que osara afrontar alguna vez este Gobierno logran tranquilizarla. La triste realidad es que el parqué apuesta en contra de la recuperación. Hay que recuperar su confianza.

Cuando Zapatero, con un desconocimiento incalificable, tilda a los mercados de monstruos sin corazón ávidos de beneficios, ignora que no son únicamente fondos soberanos o potentados quienes los integran. Los mercados son millones de pequeños inversores, desde el oficinista hasta el ama de casa, desde el taxista hasta el militar, que por iniciativa propia o aconsejados por los bancarios que gestionan sus cuentas compran esto y venden aquello con una sola aspiración: obtener beneficio. Ni odiosos especuladores, ni paranoicos conspiradores. Es la dinámica del interés, tan antigua como el capitalismo.

Ahora la consigna es adquirir preferentemente divisas o valores no denominados en euros, consecuencia de la más fría y aplastante lógica. Europa vacila y la Bolsa sigue sus oscilaciones disciplinadamente. La canciller alemana, Angela Merkel, dudó hasta el último minuto en apoyar a Grecia, aun a riesgo de que todo se hundiera, por un no disimulado electoralismo que la aconsejaba ser ambigua con Europa. El francés Sarkozy tomó el relevo luego y amenazó con abandonar la moneda única ante la tibieza germana para defenderla. Lo supimos gracias a una revelación tan indiscreta como temeraria que Zapatero hizo a los líderes socialistas para que tragaran el ricino de su ajuste, entre ellos los asturianos Areces y Fernández. Si, como aseveran los expertos, salirse del euro es económicamente inviable, ¿a qué amagar con su desaparición?

Los políticos regionales tampoco están para exhibir en el pecho medallas de credibilidad. Cuando en Asturias hay que echarse a temblar con el recorte de obras que ya tiene preparado, y silencia, el ministro de Fomento contamos con 900 millones de euros de los fondos mineros sin invertir, muertos de risa por incompetencia administrativa.

El analista financiero Michael Lewitt pronostica que las medidas excepcionales no lograrán salvar el euro hasta que los estados que integran la Unión cumplan la parte que les corresponde en la adopción de reformas económicas serias y sostenidas. El problema de la economía española es la competitividad, y la alergia del Gobierno a romper cualquier statu quo. Hay que producir más, con mayor calidad y a menor coste que la competencia. Con la moneda única, aumentar las exportaciones es el único margen de actuación que les queda a los estados para frenar las malas inercias. Sólo cambios radicales en el mercado de trabajo, en las relaciones laborales o en la paralizante burocracia permitirán alcanzar ese reto y evitarán que la ciénaga nos engulla. Las medidas que impulsen la capacidad de crear empresas, es decir, riqueza y empleo, corren muchísima prisa. Casi tanta, o más, que planes rigurosos, creíbles y coordinados con los que limpiar las finanzas.

Las cosas tienen que cambiar, incluso en las aspiraciones morales de una sociedad que tolera mal las decisiones duras y de unos gobernantes que no se atreven a tomarlas. No prospera aquel pueblo que prefiere antes vivir de balde a tener iniciativa, en el que un obrero eficiente cobra lo mismo que uno vago, en el que un puesto vitalicio es la ilusión y ser empresario, una mofa. Es lo que el presidente del Consejo Económico y Social de España, Marcos Peña Pinto -hijo del Marcos Peña Royo que fue gobernador civil de Asturias en el franquismo-, acaba de bautizar como «la depreciación del valor del trabajo», un espejismo ético que entre tanto artilugio financiero y tanta ganancia fácil conduce al desastre.

En Asturias afloran incipientes y esperanzadores brotes. El corazón económico, el metal, vuelve a latir. Repunta la producción industrial. Aumenta la facturación de los servicios. Las exportaciones registran el mayor crecimiento de España. Ese es el método. El talento y el esfuerzo del capital humano asturiano, junto a políticas firmes y coherentes, nos sacará de la crisis. Lo contrario, la vida pánfila, la indecisión y los bandazos, nos acabará destruyendo. Desgraciadamente, no todo, ni mucho menos, va bien en Asturias. Lo que va mal, y lo sabemos todos, es lo que hay que corregir sin perder más tiempo.

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