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La conjura de los necios

Vivencias de juventud

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La conjura de los necios
La conjura de los necios  

MANUEL GARCÍA LINARES Parece que fue ayer y ya pasaron muchos años, pero al fin y al cabo esto ha sido ayer, porque el tiempo en el espacio es un instante, pero a la vez parece hoy; me refiero a las vivencias de juventud, cuando todos luchábamos contra la dictadura. Bueno, no todos: Algunos de los que la mantenían ahora la niegan y, sin embargo, los que procedemos de «la cáscara amarga» ahora parecemos fachas. Yo mismo me asusto. No es para menos. Viene muy a cuento el título y lectura de la gran obra de John Kennedy Toole «La conjura de los necios». No son más que necios los personajes que a través de la historia han practicado necias conjuras contra el sentido común, repitiendo siglo tras siglo el mismo o más cúmulos de errores.

Cuando uno viaja, va descubriendo en los distintos países cómo en grandes imperios, incluido el nuestro, unas culturas han tratado de borrar los vestigios de las anteriores, con frecuencia por temor al resurgir de las primeras; lo vemos en los pueblos íberos y celtas, en los mayas y aztecas, en la cristiandad, el islam, los romanos, los egipcios, los griegos... en fin, en todos los pueblos que nos han precedido. Sin embargo, todos tenemos una gran similitud con los anteriores por más que tratemos de denostarlos.

En los años sesenta, en el barrio de Argüelles, en Madrid, por la noche aparecían una serie de mesas que recuerdan mucho a los «top-manta» actuales; pero aquéllos no eran vendedores de ropa o cedés, aquéllos vendían libros prohibidos. Uno de los más solicitados, el «Libro rojo» de Mao, lo comprábamos como si fuera la biblia y en realidad era la biblia de la Revolución Cultural. ¡Cómo ha cambiado China... y cómo hemos cambiado nosotros! Resulta que ahora nada vale de aquello, pero yo tenía un libro de una editorial prohibida, pero consentida, que recogía muchas de las frases y prácticas de aquellos «25 años de paz», por ejemplo. Estaban en boga las encuestas y recuerdo que entre las que se publicaron había una que decía: «Según la últimas encuestas, los españoles prefieren las patatas al jamón; por uno que come jamón cincuenta comen patatas».

Era la llegada del automóvil, había que solicitarlo y muchos vendían el número de solicitud porque no tenían para comprar el coche. Era un nuevo negocio emergente -por aquel entonces no había paro-. Las encuestas daban como resultado que los españoles preferían el Seiscientos al Mercedes: por uno que tenía Mercedes cien llegaban al seiscientos. Y aquellas encuestas no fallaban.

Era la época de la revolución social y de la clandestinidad, nos íbamos a comer al «Comunista», un popular restaurante de la zona de Arenal en donde hacíamos la revolución de café, rodeados de carteles sobre la miseria y el hambre en el mundo. Mientras tanto, nosotros, que no teníamos un duro, comíamos un churrasco a la brasa. Cuando aquello, se decía que España era «Una, grande y libre»: una, porque si hubiese otra nos iríamos todos a ella (imagínate ahora); grande, porque cabíamos españoles y americanos (imagínate ahora), y libre, porque podías poner uno, equis o dos (ya no hace falta que te imagines nada).

Ya han pasado otros cincuenta años de paz y la verdad es que no sé si los hemos celebrado o no, pero es asombroso cómo al cabo del tiempo se van repitiendo las historias. De las encuestas ya no vamos a hablar, porque pasamos de no tener elecciones durante mucho tiempo a no salir de las encuestas electorales, pero en lo que sí hemos avanzado mucho es en eso de la revolución cultural. Yo no había soñado con tener tantos «circuitos culturales», para terminar por no conocer las especies de árboles, plantas o animales que hay en mi entorno. Pero, eso sí, viajamos mucho y conocemos muchos museos, además nos «interculturamos» por facebook, y los que procedemos de aquella absurda idea del «esperanto» como lengua única (ahora está el ingles para extranjeros) vemos cómo nuestro desarrollo lingüístico nos ha llevado, en plena crisis económica, a la riqueza plural y cultural de hablar con libertad plena nuestras lenguas vernáculas en el Senado (sería esto por lo que cayó el Imperio romano); al fin y al cabo se celebró con gran alegría la posibilidad de mitigar la crisis creando un buen número de puestos para traductores. Suma y sigue.

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