FÁTIMA FERNÁNDEZ MÉNDEZ
La política española anda tan revuelta en los últimos meses que no hay un solo pilar de los que sustentan a este país llamado España que no haya sido zarandeado por unos y por otros con el ánimo de sacar rédito político de los conflictos planteados. Para muestra, el penoso camino que ha tenido que recorrer el Consejo General del Poder judicial antes de abrir juicio al señor Garzón por tres presuntos delitos de prevaricación.
El lamentable espectáculo que hemos podido ver estos días no sería preocupante si procediese únicamente de grupos más o menos afines a determinadas tesis o ideologías, de uno y otro signo, ya que están en pleno derecho de criticar lo que a su entender creen injusto, si bien hay declaraciones que nunca deberían haberse pronunciado, aunque sólo sea por respeto a lo que representa nuestro poder judicial. Lo verdaderamente preocupante es que sean los políticos quienes descalifiquen abiertamente las instituciones de un poder, como mínimo, tan legítimo y necesario como el suyo.
A la vista de los hechos en este y otros casos similares, analícense las declaraciones de la Generalidad de Cataluña sobre el Tribunal Constitucional, eran muchos los que ya daban por muerto a Montequieu, que si lo ha estado, al menos en el caso Garzón, parece haber resucitado, aunque posiblemente maltrecho por la brutal paliza a que ha sido sometido.
Pero para resurrección notable, la de Groucho Marx. Pocas veces hemos tenido que recordar tanto como ahora una de aquellas frases que lo hicieron célebre: «Éstos son mis principios, pero si a usted no le gustan, tengo otros».
El presidente del Gobierno ha venido negando actuaciones, primero por la negación de la crisis, y después, una vez reconocida ésta, porque las medidas que se deberían haber tomado eran antisociales y no formaban parte de los principios de un Gobierno de izquierdas. Pues bien, ha bastado una llamada de los principales líderes europeos y del presidente de los EE UU para que con el mismo énfasis con que habían sido defendido esos principios (no a la congelación de pensiones, no a la rebaja de salarios a funcionarios, etcétera) ahora sea defendida la opción contraria.
Creo que es la hora de que el presidente del Gobierno dé paso a alguien de su partido para que ocupe su puesto si por convencimiento moral de no actuar en contra de sus principios se ve incapaz de llevar a cabo las medidas estructurales de todo tipo que se precisan en este país. En caso contrario, que convoque elecciones y que sean los españoles quienes decidan a quién eligen para que les saque de esta crisis lo menos tarde posible. Digo lo menos tarde, porque para salir de donde estamos nunca será suficientemente pronto.