JAVIER MORÁN
El sector asturiano de la promoción de vivienda avisa de que no pueden vender todos los pisos de precio protegido que desearían, y de que están almacenando un «stock» peligroso de unas 2.000 viviendas que los compradores no les arrancan de las manos, pese a sus precios más asequibles. Hagamos memoria. Hace dos años, cuando la economía española y mundial comenzaban a derrumbarse con el ladrillo a la cabeza, algunos analistas inmobiliarios -insidiosos, pero veraces- lanzaron este mensaje a los promotores: «Bajen ustedes inmediatamente un 30 por ciento el precio de sus pisos o al cabo de un tiempo las circunstancias los obligarán a venderlos al 50 por ciento».
Aquello podía parecer una burrada, pero gracias a tan duro ajuste inicial los mercados inmobiliarios de EE UU y de Inglaterra han logrado limpiarse con relativa rapidez. Claro, que estamos hablando de pueblos anglosajones: pragmáticos, realistas, rápidos. En cambio, los latinos se pusieron a esperar algún maná que cayera del cielo, o a sacar al santo en procesión, o a poner velas en los altares.
El santo al que han recurrido los promotores asturianos ha sido, cómo no, el Gobierno del Principado, y la plegaria que ambos entonaron parecía santa, pero ha resultado ser un cepo: «Esto se viene abajo y la gente deja de comprar, pero pongamos más vivienda en mercado». Y se pusieron a hacer desde 2008 más pisos protegidos que nunca.
Al mismo tiempo, las velas se colocaban en los altares de la banca, que no obstante se mantuvo imperturbable y no soltó crédito como el de antes (si lo hubiera hecho en esas circunstancias, hoy el sistema financiero español estaría quebrado).
Y claro, ni aireando al santo ni derritiendo cera se ha logrado que venga el maná. Es más: parecen no haberse enterado de que el crédito fácil no volverá a España en varios años y de que la primera década del siglo XXI no va a repetirse. Por un lado, o cambian de estrategia o su sector tardará mucho tiempo en volver a una actividad moderada, y, por otro, el error del santo protector ha sido verdaderamente craso.