Acorralada en lo policial, lo político y lo social, ETA levanta la bandera blanca y anuncia su 11.º alto el fuego. Tras cincuenta años de terror y 900 muertos, la prudencia y la esperanza se entremezclan.
La decisión de la banda terrorista ETA de interrumpir sus «acciones armadas ofensivas» por undécima vez en sus cincuenta años de existencia llega sólo 48 horas después de que saliera a la luz una petición expresa en ese sentido realizada por la izquierda aberzale y después de que las fuerzas de seguridad del Estado hayan detenido en los últimos dos años, en España y Francia, a seis sucesivos jefes de la organización.
A diferencia de la tregua que los terroristas acordaron en 2006, con la expectativa de una negociación con el Gobierno de Rodríguez Zapatero, el alto el fuego de hoy es una bandera blanca que la banda levanta en el que seguramente es el peor momento de su historia. La organización puede volver a matar, a tratar de violentar la democracia y debilitar sus instituciones, como ha hecho en numerosas ocasiones, pero la lucha del Estado de derecho contra los terroristas, la detención de sus miembros, la liquidación del tradicional santuario francés, la colaboración internacional y, lo que es tan importante como todo lo anterior, la presión social y política en el País Vasco para que la violencia termine han acabado acorralando a ETA más que en ningún otro momento.
Los terroristas no han anunciado la disolución de la banda; no hablan de cuándo entregarán las armas; ni siquiera han abandonado ese lenguaje que tilda al Estado de «fascista», pero es innegable que el anuncio es un paso adelante, una buena noticia tras tantos años de dolor.